Marzo y el encendido de motores. Aunque el calendario gregoriano nos diga que el año comienza en enero, en esta parte del mundo es en marzo cuando realmente "encendemos los motores". Es el mes donde la inercia del sistema nos arrastra: el inicio de los ciclos escolares, las cursadas universitarias y el regreso definitivo a la rutina tras el paréntesis del verano. Casi sin darnos cuenta, nos subimos a una cinta de correr que no se detiene.
La trampa de la productividad. Nacemos y crecemos dentro de un paradigma invisible pero omnipresente: para el sistema, estar vivo es ser productivo. Nos definimos por lo que hacemos, y lo que hacemos debe, necesariamente, generar dinero. En este esquema, las personas dejamos de ser individuos para convertirnos en "recursos humanos". Un recurso más, como una máquina o una materia prima.
Bajo esta lógica, quien no produce, "no es": los niños, los ancianos, las personas con capacidades diferentes o quienes eligen vivir en los márgenes quedan fuera del radar, simplemente porque no alimentan el ciclo de consumo y producción. Puede parecer un análisis lógico, pero cuando logras ponerlo en orden en la cabeza, se siente como un rayo de luz que rompe una venda: estamos tan inmersos en este inconsciente colectivo que hemos normalizado vivir para el sistema.
Una cuenta que no cierra. Recuerdo que cuando inicié mi vida laboral en el Estado, a los 23 años, entré de lleno en ese engranaje. Mi vida se convirtió en una carrera de obstáculos: trabajar, cursar, realizar mis formaciones holísticas... Todo para llegar a fin de año con la energía en cero, rasguñando esas vacaciones de quince días que se escurrían entre los dedos. Como soy porfiada (mi ascendente en Tauro tiene mucho que ver con esto), un día me detuve a cuestionarlo todo: ¿De verdad el plan es hacer, hacer y hacer para sentirme "plena" solo dos semanas al año?. Allí empezó mi búsqueda por entender los "por qué" y, sobre todo, los "para qué". Necesitaba modificar un patrón que me estaba consumiendo.
La identidad más allá del hacer. El siguiente paso fue, quizás, el más desafiante: animarme al no hacer. Fue un verdadero huracán para mi cerebro, que ya estaba adicto al cortisol y a la adrenalina de la productividad. De repente, me asaltó una pregunta existencial: ¿Quién soy cuando no estoy haciendo nada?. No hablaba de dejar de trabajar de por vida, sino de permitirme un espacio —un rato, un día a la semana— donde el "producir" no fuera el norte.
Esta decisión provocó que todas las aristas de mi vida tambalearan. La abogacía se reveló como lo que era: un título necesario para ese sistema, pero no la vocación de mi alma. En realidad, el mundo holístico ya era mi casa; lo recorría con pasión desde mucho antes de las leyes y continué habitándolo después, como un hilo conductor que me sostuvo mientras intentaba encajar en un molde ajeno.
El sismo sistémico. Como sucede cuando uno decide cambiar de frecuencia, el entorno reaccionó. Aparecieron las discusiones en casa con mi marido, bajo el viejo paradigma de que "hay que romperse el alma para lograr las cosas". Mi familia de origen cuestionaba cómo un "buen trabajo" no me llenaba, y mis amigos lo veían como un ideal imposible. Fueron años de cambios profundos. Estudié Counseling para integrar todo ese bagaje y comprobé una ley fundamental: cuando uno se mueve, el sistema entero resuena. Mi marido cambió de trabajo, mi madre se separó de su pareja... cuando una pieza del engranaje se acomoda de forma auténtica, genera una vibración que obliga al resto a reubicarse.
El vacío como útero creativo. Tras el ruido de los cambios externos, llegó el momento más difícil: habitar el vacío. Me encontré a solas conmigo y con la nada. Nada para hacer, nada para pensar, nada para decir. Solo el vacío.
Allí terminé de entender. No nos enseñaron a habitar el vacío. Pero algo, quizás un tanto peor que eso, nadie nos contó: que solo desde el vacío, desde la nada, puede crearse. En la carrera por la productividad, fuimos perdiendo nuestras capacidades creadoras esenciales. Dejamos de cantar, de bailar, de pintar, de actuar, de escribir o de jugar porque nada de eso se considera "productivo", pero también porque no dejamos espacio. Sin vacío, no hay lugar para que nada nuevo se geste.
Propongo que lo veamos así: el vacío como el útero disponible para dar vida. Cuando habito mis vacíos —y admito que no siempre me sale— suelo encontrarme con expresiones de mi alma que jamás pensé que estarían allí. Somos seres creadores que olvidamos cómo crear, atrapados en ser seres productores. Te lo dejo como semilla, querido lector. Quizás resuenes. Vos también tenés algo único para aportar al mundo y, te aseguro, el mundo lo necesita.
Por María Celeste Ferrari.
Counselor, terapeuta holística y abogada. Fundadora de la marca Counseling Integrativo.
IG: @counselingintegrativo
Web: https://counselingintegrativo.taplink.ws
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