Casi todos podemos recordar momentos de juego en nuestra infancia: armando rompecabezas, jugando a la pelota, a la rayuela, a las escondidas, vistiendo muñecas e inventando historias repletas de fantasía e imaginación. Hoy en día, sin embargo, los chicos suelen pasar más tiempo mirando la televisión, el celular o la Playstation que jugando y riéndose juntos.
El uso masivo de las pantallas entró en las vidas de los niños, entró en las escuelas y los ámbitos de aprendizaje y nos lleva a un tentador mundo de inmediatez, colores brillantes y movimiento. Sin embargo, si bien es innegable todo lo que ganamos (en tecnología, en acceso a la información, en modos divertidos de aprender), a veces no es tan evidente qué es lo que se pierde.
Lo que los niños de hoy están perdiendo es, fundamentalmente, conexión. Con los adultos, porque hay menos espacios de diálogo, de juego (admitamos que los grandes también vivimos “conectados” a las pantallas); con otros niños, porque cada uno tiene su pequeño “mundito” virtual, rebosante de estímulos (muy adictivos, por cierto); y con ellos mismos, porque la constante interacción con los juegos, las imágenes en movimiento, las apps, va quitándonos espacios de reflexión, quietud, silencio, y de contacto con lo que sentimos. También se va perdiendo el lenguaje (se calcula que una persona culta utiliza cotidianamente 5000 palabras para hablar, mientras que alguien menos culto, unas 250).
Aquí es donde los libros y las historias se vuelven hadas madrinas y magos Merlines: mágicamente nos devuelven todo aquello que el mundo moderno podría quitarnos. Los cuentos nos devuelven la imaginación, la nutren y la fortalecen cada vez que cerramos los ojos para recrear paisajes y aventuras fantásticas. Nos devuelven la capacidad de ir más lento, la calma para leer o escuchar; el espacio para vincularnos, grandes y niños, en esas noches inolvidables en las que la voz de mamá o papá nos transportan a paisajes increíbles. Alimentan y enriquecen nuestro mundo interno.
Hoy más que nunca, es importante que los niños tengan acceso a la lectura: leer nos enseña a pensar, nos ayuda a frenar el ritmo cotidiano, nos recuerda que el mundo es inmenso y maravilloso. Y es importante que los adultos les leamos también, incluso cuando ellos solos ya pueden leer. Porque el tiempo compartido en paz y con amor, siembra en el niño recuerdos inolvidables y la certeza de saberse cobijado.
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