Durante muchos años, desde mi rol como trabajadora social escolar, recibí llamados que se repetían con insistencia: niños que dejaban de asistir a la escuela. Más tarde, trabajando también en el área de Niñez, esas alertas volvieron a aparecer. Mi tarea era clara: acercarme, observar, cuidar, asegurarme de que esos niños estuvieran bien. Pero también escuchar, sin juicio. Acompañar la historia que cada familia estaba transitando en su hacer cotidiano.
Con el tiempo, empecé a advertir algo que rara vez encontraba lugar en el discurso público. Por supuesto que existían situaciones donde era necesario fortalecer el vínculo con la escuela y garantizar la escolaridad formal. Pero también aparecían familias que no estaban abandonando, ni descuidando, ni vulnerando derechos. Estaban tomando una decisión consciente: educar en casa. Y esa elección, lejos de ser improvisada, respondía muchas veces a un profundo conocimiento de sus hijos y a una lectura crítica de aquello que el sistema educativo podía —o no— ofrecerles.

La educación en casa no es una moda reciente ni una reacción coyuntural frente a un debate legislativo. Es una realidad que existe desde hace décadas y que, en muchos casos, surge como respuesta a una dificultad concreta: niños que aprenden de manera diferente, que tienen otros ritmos, otras formas de apropiarse del conocimiento, que no encuadran en una discapacidad ni requieren educación especial, pero que aun así no logran ser verdaderamente incluidos en la educación tradicional.
Porque inclusión no es únicamente garantizar un banco o una vacante. Incluir es poder acompañar de manera sostenida procesos reales de aprendizaje, sin etiquetar, sin forzar, sin dañar. En este sentido, la educación en casa aparece, para algunas familias, como una forma de cuidado, de reparación y de continuidad pedagógica. No como un rechazo a la educación, sino como otra manera posible de sostenerla.
Educar en casa no significa aislar ni retirar al niño del mundo. Implica asumir una enorme responsabilidad: organizar, planificar, observar, acompañar y también buscar espacios de socialización, intercambio y aprendizaje compartido. Supone adultos disponibles, comprometidos y conscientes de que educar no es solo transmitir contenidos, sino construir sentido, vínculo y confianza. La familia que elige educar en casa de manera consciente suele ser curiosa, autodidacta y profundamente implicada en los procesos de aprendizaje.

Hoy, a partir del debate en torno a posibles modificaciones en la Ley Nacional de Educación, el homeschooling vuelve a instalarse en la conversación pública. Tal vez este sea un buen momento para corrernos de posiciones extremas y animarnos a una pregunta más profunda: si estamos dispuestos a reconocer que no todos los niños aprenden igual y que, en algunos casos, ampliar las formas de educar puede ser también una forma genuina de inclusión.
Quizás el verdadero desafío no sea preguntarnos si los padres pueden educar a sus hijos, sino si estamos dispuestos a ampliar la mirada sobre qué entendemos por educación.
Carolina Marani
Lic. en Trabajo Social – Educadora
Fundadora de proyectos educativos. Creadora de Infantium
@carolinamarani