Un turista camina más lento. Mira fachadas, ventanas, gestos mínimos, carteles en otra lengua. Se queda mirando cómo cae la luz sobre una esquina cualquiera, como si ahí también hubiera algo para entender. Pregunta, se pierde, vuelve a mirar el cielo, acepta que no entiende del todo.
Ahí hay humildad en la mirada. El turista, en el mejor sentido, todavía no se las sabe todas. Mira con una libertad que la vida cotidiana a veces nos va quitando, porque cuando la percepción se vuelve habitual empezamos a suponer más de lo que vemos. Algo aparece y enseguida lo encajamos en una categoría conocida. No vemos una realidad pura: miramos desde la memoria, el miedo, la urgencia, las heridas. Por eso puede ayudar poner algunas de esas certezas entre paréntesis: no para negar lo que pasa, sino para observar cómo lo estamos viviendo. Esa forma de mirar no pertenece sólo a los viajes. También puede aparecer en medio de la vida diaria.
Esto importa, sobre todo cuando algo nos duele. A veces lo más difícil no es encontrar una salida, sino quedarse un momento delante de lo que pasó sin taparlo enseguida con una explicación. Hay una forma de tomar distancia que usa frases hechas para no tocar lo difícil, llama desapego a una anestesia superficial y confunde calma con evitamiento. Pero también existe una distancia más honesta, casi artesanal, que permite ver mejor. Como cuando una ciudad desconocida nos invita a frenar y mirar de nuevo un detalle cualquiera.

El fracaso también puede mirarse así, sin convertirlo tan rápido en destino. Un error puede volverse, en segundos, una biografía completa: no salió bien, entonces no sirvo; me rechazaron, entonces no soy suficiente; me equivoqué, entonces siempre arruino las cosas. La mente muchas veces resume demasiado. Mira una escena y la convierte en sentencia. Fracasar en algo es doloroso, incómodo, aunque también sea profundamente humano. No hace falta, además, mudarnos a vivir dentro de esa palabra.
Los ojos de turista son menos apurados. Saben que no siempre hay un lugar al que llegar rápido. Frente al fracaso, esa demora puede ser una forma de respeto hacia nosotros mismos. Mirar otra vez no cambia lo que pasó, pero puede cambiar la relación que tenemos con eso. Y en esa pequeña pausa, a veces, empieza otra forma de seguir viaje.
Laura Mannucci
Psicóloga. Mindfulness para la vida real.
Instagram: @v.laura.mannucci
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