Soy Laura Alicia Caramello, odontóloga, hoy los quiero invitar a nuestra primera sesión, voy a hablarle un ratito a cada mamá, papá, abuelito o persona encargada del cuidado de la salud bucal de un niño. Les contare que empieza antes del primer dientito: desde la gestación, acompañando y educando a la futura mamá.
Y cuando asoma ese primer diente, aparece un pequeño gran protagonista: el cepillo dental. Y yo quisiera guiarlos con estas preguntas…
¿Por qué tengo que cepillarme?
Porque después de comer quedan restos de alimentos y junto a los microorganismos de nuestra boca forman la placa bacteriana. Si no la eliminamos adecuadamente, aumenta el riesgo de caries y enfermedades de las encías.
¿Para qué me cepillo?
Para conservar dientes y encías sanas; para comer, hablar y sonreír. Para cuidar hoy esa sonrisa que quiero conservar mañana. Cuando un niño comprende para qué hace algo, una obligación cotidiana comienza a transformarse en un hábito de autocuidado.

¿Cómo me cepillo?
Aquí hay algo fundamental: no enseñarles técnicas siguiendo una tabla rígida de edades; si no acompañamos la evolución de la motricidad. La técnica debe adaptarse al niño, no el niño a la técnica.
En la primera infancia no buscaremos perfección, sino sembrar el hábito y construir constancia. Al inicio de la dentición, podemos comenzar con movimientos horizontales cortos y suaves, colocando las cerdas a 90° sobre las superficies dentarias; teniendo en cuenta que cepillar mejor no significa cepillar más fuerte, sino limpiar cuidadosamente todas las superficies.
Alrededor de los 5 o 6 años, cuando aumenta la coordinación, podemos incorporar movimientos circulares, como los de la técnica de Fones, coincidiendo con la aparición de los primeros dientes permanentes.
Más adelante, especialmente en adolescentes y adultos, podemos enseñar técnicas que requieren mayor precisión, como Bass o Bass modificada, orientando el cepillo aproximadamente a 45° hacia el margen de la encía y realizando movimientos pequeños, suaves y controlados.
Pero atención: las edades son orientativas, cada niño desarrolla sus habilidades a su propio ritmo.

¿Y cómo elegimos el cepillo? Debe tener un cabezal pequeño, acorde al tamaño de la boca; mango cómodo, algo más grueso en los pequeños para facilitar el agarre y cerdas suaves. El mejor cepillo es el que se adapta a la boca y a la mano de quien lo utiliza.
¿Y cuánta pasta dental fluorada usamos? Desde el primer diente hasta los 3 años, una cantidad equivalente a un grano de arroz; entre los 3 y 6 años, aproximadamente una arveja. Más pasta no significa mejor cepillado.
El hilo dental debe incorporarse cuando los dientes contactan entre sí y el cepillo no alcanza esos espacios. En los niños debe utilizarlo o asistirlo un adulto hasta que adquieran la destreza necesaria.
Y uno de mis consejos más importantes: no apuremos la autonomía. Primero cepillamos nosotros; después, juntos; más adelante observamos y corregimos, hasta que finalmente puedan hacerlo solos.
Porque explicar no alcanza: hay que practicar, equivocarse, corregir y volver a hacerlo hasta aprender.
Por eso me gusta pensar que educar para la salud se parece mucho a cultivar: sembramos conocimientos, acompañamos pequeños hábitos y les damos tiempo para crecer.

Cada vez que un niño aprende a cuidar su boquita y descubre que su sonrisa merece ser cuidada, algo empieza a crecer.
Y allí está, para mí, la diferencia entre repetir una indicación y educar para la salud.
Laura Alicia Caramello
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