miércoles 02 de septiembre del 2026
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El restaurante de Nueva York que hizo que Mark Rothko rechazara pintar para su salón

Diseñado por Mies van der Rohe y visitado por la alta sociedad de Manhattan, el legendario Four Seasons tentó al artista con una fortuna, pero el pintor rechazó el proyecto por un increíble motivo.

Four Seasons de Nueva York
Four Seasons | Redes sociales

En 1958 se terminó de construir en New York el edificio Seagram. La obra —un prisma negro, esbelto y afilado como una navaja, dominando el centro de Manhattan— fue realizada por Mies van der Rohe con la colaboración de Philip Johnson.

El restaurante de Nueva York que hizo que Mark Rothko rechazara pintar para su salón

Al finalizar la construcción se decidió ubicar un restaurante en la planta baja: el Four Seasons. Las grandes paredes del comedor reclamaban lienzos que las cubrieran y para esa tarea contrataron a Mark Rothko. Si Ámsterdam tuvo a Rembrandt ¿por qué New York no iba a contar con uno de sus artistas más importantes?

En la primavera de 1959, con la obra casi terminada, Rothko embarcó rumbo a Europa y la recorrió. A su regreso fue a comer al Four Seasons y lo que vio fue una escenografía ajena a su mundo: una pileta de mármol de Carrara en el medio del salón, cortinas con miles de cadenas de aluminio anodizado bañadas en oro, el menú impreso en papel de arroz importado de Japón.

Mesa Caras
Así es el Four Seasons de Nueva York

Volvió a su estudio convencido de que nadie que entrara en ese comedor podría apreciar esos paneles suyos en los que el negro amenazaba con tragarse al rojo, y pensó en “pintar algo que le quitara el apetito a cualquier hijo de puta que comiese en ese salón”. Luego devolvió el adelanto, renunció al encargo y años después le regaló nueve de esas piezas a la Tate de Londres.

El restaurante nunca fue un sitio donde lo gastronómico tuviera demasiada importancia. Pero era caro, opulento y fue elegido por la élite neoyorquina para mostrarse y hacer negocios. En el Four Seasons, el arte de asignar mesas se transformó en una coreografía de poder. Las reservas y la ubicación se decidían según la frecuencia de las visitas, la importancia social y la cantidad de dinero gastado.

En una entrevista Julian Niccolini —uno de sus dueños y jefe de sala— resumió su filosofía en una máxima: "Mi trabajo no es hacer felices a todos. Mi trabajo es asegurarme de que la gente adecuada esté sentada en el lugar adecuado para que el resto del salón quiera ser como ellos".

Mesa Caras
En el Four Seasons, el arte de asignar mesas se transformó en una coreografía de poder.

El Four Seasons funcionó en ese edificio que lo vio nacer hasta 2018. En ese momento fue obligado a mudarse a un lugar muy cercano: la refacción del nuevo local costó 35 millones de dólares, pero el restaurante cerró antes de cumplir un año allí.

En Buenos Aires, Catalinas —el magnífico restaurante de Ramiro Rodríguez Pardo— tuvo un maître llamado Mario Donfler que impuso un estilo de mano firme en el manejo de la sala, decidiendo quién entraba o para quien se hacía lugar y resolviendo las cuestiones complicadas con tacto y firmeza. El arte de la sala nunca consistió en no cometer errores, sino en tener la elegancia y el aplomo necesarios para convertir un accidente en una señal de excelencia.