Hoy, el mayor desafío no es la tecnología en sí, sino cómo nos relacionamos con ella. El uso excesivo de pantallas puede impactar en la atención y en la creatividad de niños y adolescentes. Muchos chicos se aburren rápido porque la vida cotidiana no ofrece la inmediatez que dan las redes o los videojuegos. Las pantallas, con sus colores, sonidos y recompensas constantes, hacen que siempre quieran “más”, y eso dificulta disfrutar de actividades más simples.
En redes sociales aparecen otros riesgos, la comparación permanente con otros, la necesidad de aprobación a través de “likes” y la exposición a desconocidos son parte del escenario actual. También existen desafíos virales o juegos online donde no siempre se sabe quién está del otro lado. El peligro no es solo el contenido, sino los vínculos que se generan en ese entorno.
Frente a esto, el rol de los adultos es clave. No se trata de prohibir, sino de acompañar. El acceso a dispositivos debería darse de forma gradual, según la edad y la madurez de cada niño. En las primeras etapas, es importante que el uso sea supervisado y compartido con el adulto. A medida que crecen, se puede dar más autonomía, pero siempre con acuerdos claros: tiempos de uso, cuidados de la privacidad y reglas sobre qué se puede y qué no.

En la adolescencia, prohibir completamente suele ser contraproducente. Muchas veces eso lleva a un uso a escondidas, lo que dificulta el acompañamiento. En cambio, el diálogo y la confianza permiten que los chicos se acerquen ante dudas o situaciones incómodas.
También es importante revisar el ejemplo que damos como adultos. Si estamos todo el tiempo con el celular, es difícil pedirles que hagan algo distinto. Establecer momentos sin pantallas, durante las comidas o antes de dormir, ayuda a fortalecer los vínculos y a mejorar el descanso.
Algunas señales de alerta ante el uso excesivo de dispositivos pueden ser cambios de humor, irritabilidad o dificultades para dormir, especialmente si hay uso nocturno de ellos. Estar atentos a estos indicadores permite intervenir a tiempo.
La tecnología no es un enemigo: es parte del mundo en el que vivimos. Pero necesita de adultos presentes que orienten, acompañen y enseñen. El objetivo no es alejar a los chicos de lo digital, sino ayudarlos a usarlo de manera saludable, sin perder lo más importante: el encuentro con otros en la vida real.
Lic. Ailín Muguruza
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