En el país donde vivís, te preguntan de dónde sos. Cuando volvés al lugar donde naciste, quieren saber cuándo te vas a regresar. Entre ambas preguntas puede surgir una inquietud profunda: ¿dónde pertenezco?
En el país de destino podés seguir sintiéndote extranjero; en el de origen, descubrir que tu vida ya no transcurre allí como antes. Tus afectos permanecen, pero las rutinas cambian y vos también te transformás.
Extrañar no significa arrepentirse de haber emigrado. Es posible elegir una vida nueva y, al mismo tiempo, sentir dolor por lo que quedó atrás.

El duelo por lo que permanece, pero cambia
Una de las pérdidas menos visibles de la migración es la cotidianeidad compartida. Las personas que amamos siguen existiendo, pero ya no participamos espontáneamente de sus vidas. Los hijos crecen, los padres envejecen y las familias construyen nuevas rutinas mientras nosotros atravesamos nuestras propias transformaciones.
Al reencontrarnos, podemos sentir que conocemos profundamente a nuestros seres queridos y, a la vez, desconocer aspectos de sus vidas. También duelen los acontecimientos que no podremos acompañar y los proyectos compartidos que ya no sucederán como imaginábamos.
No solo añoramos lo vivido; también puede dolernos aquello que soñábamos vivir juntos.
En Duelo y melancolía, publicado en 1917, Sigmund Freud describió el duelo como una reacción ante la pérdida de una persona amada o de una abstracción que ocupa su lugar, incluyendo expresamente la patria.
Aunque Freud no formuló una teoría específica sobre el duelo migratorio, sus planteamientos permiten reflexionar sobre las pérdidas emocionales vinculadas con la emigración.
La patria no representa únicamente un territorio: también comprende la lengua, las costumbres, los vínculos y la familiaridad con un mundo conocido. Al emigrar, cambia nuestra relación cotidiana con esos referentes mientras construimos otros nuevos.
La nostalgia y la tristeza no constituyen, por sí mismas, una patología. Cada experiencia migratoria es singular y depende de las circunstancias personales, los recursos disponibles y las redes de apoyo.

Construir una pertenencia posible
Elaborar psíquicamente la migración no significa olvidar ni renunciar a las raíces. Implica encontrar una nueva relación con la propia historia, reconocer las transformaciones y dar lugar a los afectos que permanecen, aunque la distancia modifique la manera de vivirlos.
Podemos incorporar costumbres nuevas sin abandonar las propias, establecer otros vínculos sin reemplazar a quienes quedaron lejos y construir una identidad que integre las experiencias del pasado y del presente.
Quizás, con el tiempo, la pregunta «¿de dónde sos?» ya no necesite una respuesta única.
No siempre se trata de elegir entre aquí y allá, sino de construir una pertenencia que integre nuestras raíces, nuestros afectos y la vida que estamos aprendiendo a habitar.
Lic. Susana De Francesco
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