Durante años se instaló una idea que parecía empoderadora: la mujer puede con todo. Puede trabajar, maternar, sostener vínculos, emprender, estudiar, acompañar, organizar, cuidar, producir y, además, hacerlo con una sonrisa.
Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿a qué costo?
En la consulta clínica, cada vez con mayor frecuencia, aparecen mujeres jóvenes y adultas con síntomas de agotamiento persistente, ansiedad, alteraciones del sueño, irritabilidad, contracturas crónicas, trastornos gastrointestinales y cuadros de estrés sostenido. No se trata de debilidad. Tampoco de falta de capacidad. Se trata de sobrecarga.
El mandato invisible
El mandato de “poder con todo” opera de manera silenciosa, y muchas veces a los gritos. Se filtra en frases como “vos sos fuerte”, “vos podés sola”, “siempre resolvés”, “no te quejes, agradecé”.
Lo que comienza como reconocimiento termina convirtiéndose en exigencia interna. Y la autoexigencia sostenida es uno de los principales factores de estrés crónico.
El sistema nervioso no distingue entre una amenaza física y una presión emocional constante. Cuando la mujer vive en alerta permanente, resolviendo, anticipando, organizando y sosteniendo, el organismo libera cortisol y adrenalina de manera reiterada. Si esta activación se prolonga en el tiempo, impacta en el sueño, la salud cardiovascular, el sistema inmunológico y, sobre todo en la salud emocional.

El cuerpo comienza a hablar, cuando la mente naturaliza el exceso.
La carga mental que no se ve
Más allá de las tareas visibles, existe una dimensión menos evidente: la carga mental. Es la planificación constante, la anticipación de necesidades, el registro de pendientes, la gestión emocional de otros, la toma de decisiones constante.
Muchas mujeres no solo hacen, sino que sostienen emocionalmente a su entorno. Y esa función, cuando no está acompañada por redes y corresponsabilidad, se transforma en desgaste.
La paradoja es que cuanto más eficientes y resolutivas somos, más se espera de nosotras. Y cuanto más podemos, menos permiso sentimos para pedir ayuda.
No podemos ni debemos poder con todo
Es necesario introducir una distinción clave:
La mujer no puede ni debe poder con todo. No porque no tenga capacidad, sino porque ningún ser humano está diseñado para sostenerlo todo sin límites.
La omnipotencia no es fortaleza; es una trampa cultural.
Aceptar límites no es renunciar al poder, es ejercerlo con conciencia.
El verdadero empoderamiento no consiste en acumular responsabilidades hasta el agotamiento, sino en poder elegir qué asumir y qué delegar. Poder decir “no”. Poder descansar sin culpa. Poder compartir la carga.
El poder femenino.
Es importante no confundir esta reflexión con una negación del enorme potencial femenino. La capacidad de adaptación, la resiliencia, la sensibilidad vincular, la inteligencia emocional y la fortaleza interna de las mujeres son cualidades profundamente valiosas.
La mujer puede con mucho.
Y ese “mucho” es extraordinario.
El poder femenino no radica en sostenerlo todo en soledad, sino en integrar fortaleza y vulnerabilidad, acción y pausa, productividad y cuidado propio.
Cuando una mujer aprende a reconocer sus límites sin sentirse insuficiente, su poder se vuelve más auténtico y sostenible. Deja de ser reacción y se transforma en elección.
Hacia un nuevo paradigma
Quizás el desafío cultural actual no sea demostrar que la mujer puede con todo, sino permitirle no tener que hacerlo.
La verdadera fortaleza no es poder con todo.
Es saber hasta dónde llegar sin perderse a sí misma.
Y cuando una mujer se permite eso, su poder no disminuye: se expande.
Milagros Tomich
Licenciada en Psicología M.P. 54.847
@lic.milagrostomich
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