Lejos del ritmo acelerado de la Ciudad de Buenos Aires, Mónica Cahen D’Anvers y César Mascetti tomaron hace más de 40 años una decisión que redefinió su forma de vivir: mudarse al campo y construir un proyecto propio desde cero, que con el tiempo dejó de ser solo un refugio para convertirse en un predio complejo donde vivienda y producción conviven bajo una misma lógica. En San Pedro, el lugar donde nació César, La Campiña no es solo una casa: es un predio donde todo está conectado y cada espacio tiene un uso claro.
Mónica Cahen D’Anvers y César Mascetti: de la ciudad al campo como forma de vida
El proyecto nació en 1979 con 12 hectáreas y 4.000 plantas de naranja, pero hoy alcanza unas 500 hectáreas productivas con más de 40.000 árboles frutales y cultivos extensivos, un crecimiento que no solo amplió la escala sino que también definió una forma de organizar el espacio; incluso, a principios de la primavera, los duraznos en flor transforman el paisaje en un espectáculo. A diferencia de otras casas de campo, acá la arquitectura no se concentra en la vivienda sino en el conjunto, que se estructura a partir de usos concretos como la huerta, el palomar, las áreas productivas y el restaurante.
La huerta, por ejemplo, no es ornamental sino que abastece directamente al restaurante, mientras que el palomar no queda como una pieza del pasado, sino como una estructura que sigue formando parte del paisaje del predio, construido con un enrejado de malla cuadrada de color verde que deja ver su interior y refuerza su identidad visual.
En ese mismo sentido, dentro del restaurante aparece otro nivel del proyecto: el museo, que no está separado ni jerarquizado como espacio independiente, sino integrado al recorrido cotidiano, donde se acumulan objetos y, sobre todo, fotos. Muchas de ellas muestran a César Mascetti en el palomar, con las palomas en escenas bien cotidianas que acercan el lado más personal del lugar, mientras que el propio palomar, hecho con una estructura de rejas, se vuelve un punto muy reconocible dentro del predio y parte clave de su historia.
Mónica Cahen D’Anvers y César Mascetti: arquitectura, producción y legado en La Campiña
A nivel arquitectónico, el restaurante sigue una lógica simple: es una construcción baja, bien pegada al paisaje, que no busca destacarse sino funcionar. Los techos inclinados responden al clima y al uso de todos los días, mientras que el tono rojizo anaranjado de la fachada acompaña el entorno y se mezcla con lo rural. Está pensado para recibir visitantes que pasan el día en el campo, con espacios que invitan a quedarse y recorrer sin apuro.
En ese conjunto, la galería funciona como ese espacio de transición entre adentro y afuera, donde todo se vuelve más flexible y se mezcla lo productivo con lo cotidiano. No es solo un lugar de paso, sino un espacio que se usa, donde la gente se queda, circula y comparte.
El crecimiento de La Campiña fue progresivo y sin un plan cerrado, con incorporaciones que respondieron a necesidades concretas y que, con el tiempo, terminaron consolidando una estructura coherente, donde cada decisión tiene sentido dentro del conjunto. El proyecto se sostiene como un sistema en el que producción, diseño rústico y memoria funcionan en paralelo y se refuerzan entre sí.
Tras la muerte de César en 2022 ese equilibrio no se interrumpió, sino que adquirió una nueva dimensión, con Mónica al frente y el acompañamiento de su hija Sandra Mihanovich, convirtiendo al lugar no solo en un emprendimiento activo sino también en un legado que sigue presente en cada uno de sus espacios.
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