Con el inicio del ciclo lectivo, muchas familias respiran aliviadas por la vuelta a la rutina. Sin embargo, para algunos niños, la vuelta al cole trae un desafío particular: comer en la escuela.
Los comedores escolares concentran muchos estímulos al mismo tiempo. Ruidos, olores intensos, tiempos acotados, filas, reglas y comidas que no siempre son conocidas o no siempre gustan. Para niños con selectividad alimentaria o mayor sensibilidad sensorial, este contexto puede resultar abrumador. No hablamos solo de la comida sino de todo lo que pasa alrededor.
A veces el niño vuelve a casa con el táper casi intacto. O aparece el dolor de panza antes de ir al colegio. O directamente evita el comedor. Estas señales suelen generar preocupación y, en muchos casos, interpretaciones erróneas: que no le gusta la comida, que se acostumbró mal en vacaciones, que hay que insistir más. Pero cuando el cuerpo se siente desbordado, insistir no siempre ayuda.
La vuelta al cole implica adaptarse a horarios nuevos, separarse de casa, cumplir consignas y sostener la atención durante varias horas. Comer en ese contexto exige un esfuerzo extra. Por eso, no es raro que algunos niños necesiten apoyos específicos para poder alimentarse en la escuela.
¿Qué puede ayudar? Anticipar qué se va a comer, respetar alimentos conocidos, permitir opciones simples cuando sea posible. En algunos casos, llevar viandas acordadas, habilitar un espacio más tranquilo o flexibilizar tiempos puede marcar una gran diferencia. La comunicación entre familia y escuela (o terapeutas) es clave para evitar que la comida se convierta en una fuente diaria de estrés.
Es importante observar cuándo la dificultad empieza a sostenerse en el tiempo: rechazo constante del comedor, pérdida de peso, angustia intensa asociada a las comidas o interferencia con la participación escolar. En esos casos, consultar puede ser necesario.
La terapia ocupacional aborda la alimentación considerando la experiencia corporal y sensorial del niño, y también el contexto escolar. La vuelta al cole no debería vivirse con hambre ni con miedo. Y cuando comer en la escuela se vuelve demasiado difícil, pedir acompañamiento también forma parte del cuidado.
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