Vivimos en la época del “tenemos que hablar”. Se habla antes, durante y después del conflicto. Se habla para aclarar, para cerrar, para reabrir y para volver a cerrar algo que nunca terminó de cerrarse. Y, aun así, nada cambia.

Una escena bastante frecuente en terapia: personas exhaustas de conversar. HARTAS. No porque no tengan palabras, sino porque ya las usaron todas. Explicaron cómo se sienten, por qué les duele, qué esperan, qué necesitan. Lo dijeron con calma, con enojo, con lágrimas y hasta con manzanas. El resultado, muchas veces, es el mismo: promesas lindas, conductas iguales.
Existe una fantasía muy instalada: si hablamos lo suficiente, el otro va a entender. Y entender, en teoría, debería llevar a cambiar. Spoiler: no siempre pasa. La palabra puede ordenar, pero no garantiza transformación. Para eso está el acto, la acción, el poner el cuerpo.
Decir “voy a cambiar” es fácil. Cambiar es lo difícil. Decir “sos importante para mí” es sencillo. Demostrarlo en lo cotidiano es lo complicado. Porque el cambio real no suele venir con discursos inspiradores, sino en el día a día, en lo pequeño, en lo sostenido.
Hay vínculos donde la charla eterna funciona como anestesia: calma por un rato, pero no cura. Se habla para no actuar, se promete para no mover nada, se analiza para no decidir. Y mientras tanto, el desgaste avanza en silencio.
No se trata de dejar de comunicarse, sino de dejar de usar la comunicación como coartada. Hablar sin hechos es como pedir disculpas sin registrar el daño: suena bien, pero no repara.
Los vínculos se ordenan cuando las palabras encuentran respaldo. Cuando lo que se dice se sostiene con lo que se hace. Cuando hay coherencia, no solo intención.
A veces, la verdadera madurez vincular no está en decir todo, sino en hacer algo distinto. Menos charlas eternas. Menos promesas recicladas. Más actos claros.
Porque llega un punto en el que no hace falta otra conversación. Hace falta otro comportamiento. Y eso, por más incómodo que sea, no se negocia hablando. Porque cuando no hay acto, la palabra se vacía.
Nadia Ciuffo Valdez
Lic. en Psicología
Sexóloga clínica
Terapeuta de parejas
Atención presencial y virtual
@lic_psicoloca
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