“Lo hago después”. Una frase cotidiana que puede parecer inofensiva, hasta que ese “después” se repite una y otra vez. Tenemos que estudiar, responder un mensaje, empezar un proyecto o hacer un trámite, pero cualquier otra actividad parece más atractiva.
Eso es, en esencia, la procrastinación. Piers Steel (2007), uno de los principales investigadores sobre el tema, la conceptualiza como la postergación voluntaria de una acción que tenemos previsto realizar, aun cuando sabemos que retrasarla puede perjudicarnos.

Reducirla a una cuestión de disciplina o fuerza de voluntad puede resultar demasiado simplista. Muchas veces sabemos qué tenemos que hacer y tenemos intención de hacerlo, pero al enfrentarnos a la tarea aparece cierto malestar. Elegir otra actividad más atractiva o menos incómoda puede hacernos sentir mejor en el corto plazo. Así, procrastinar puede entenderse como un intento de alejarnos de forma transitoria de aquello que nos genera malestar.
Una tarea puede despertar ansiedad, aburrimiento, frustración, inseguridad o miedo a equivocarnos. Frente a ese malestar, evitar genera alivio inmediato. El problema es que dura poco: la tarea continúa pendiente y pueden aparecer culpa, autocrítica o más presión, entre otros costos. De esta forma se instala un círculo: tarea, emoción incómoda, evitación, alivio momentáneo y nuevamente tarea pendiente.
Si procrastinar puede funcionar como una forma de escapar momentáneamente del malestar, la estrategia no puede ser esperar a “tener ganas”. Quizás el objetivo no sea eliminar la incomodidad para poder actuar, sino aprender que podemos hacerlo incluso cuando está presente.

Un primer paso puede ser conectar aquello que tenemos que hacer con lo que es importante para nosotros. Tener claro el “para qué” puede ayudarnos a mirar más allá del alivio inmediato. Por ejemplo, si valoramos el cuidado de nuestros vínculos, responder un mensaje pendiente puede ser una forma de acercarnos a las personas que queremos, aunque no tengamos ganas.
También puede ayudar dividir una tarea grande en pequeños pasos. En lugar de “tengo que estudiar toda la tarde”, podemos empezar por diez minutos y definir cuáles serán los siguientes pasos.
A su vez, podemos preparar el ambiente: reducir distracciones, dejar a mano lo necesario y definir cuándo y dónde empezar. No se trata de crear condiciones perfectas, sino de hacer que el primer paso sea lo más fácil posible.
No siempre vamos a tener ganas ni a sentirnos preparados. Podemos aprender a avanzar de todos modos: hacer lugar a lo que sentimos y dar, aun así, ese primer paso que nos acerque a la vida que queremos construir.
Referencias bibliográficas:
Steel, P. (2007). The nature of procrastination: A meta-analytic and theoretical review of quintessential self-regulatory failure. Psychological Bulletin, 133(1), 65-94.
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