Durante el verano, muchas familias notan que comer se vuelve más difícil. Los niños de pronto pueden rechazar alimentos que antes aceptaban o solo tolerar uno o dos platos conocidos. No siempre hay un motivo evidente: simplemente, la comida empieza a generar más tensión.
El verano cambia la organización cotidiana. Se duerme a cualquier hora, no hay escuela, los horarios se estiran y las comidas dejan de tener un orden claro. A eso se suma el calor, que impacta directamente en el cuerpo: transpiración, olores más intensos, texturas que se sienten distintas, platos con diferentes temperaturas o que resultan pesados. Comer, que suele ser una actividad automática, empieza a exigir un esfuerzo mayor.
En este contexto, no es raro que aparezca o se intensifique la selectividad alimentaria. Algunos niños necesitan mayor previsibilidad para sentirse seguros, y cuando las rutinas se pierden, los chicos se desorganizan.
Muchas veces, el adulto intenta “ordenar” la situación: insistir para que coma más variado, aprovechar el tiempo libre para introducir alimentos nuevos, marcar horarios rígidos de un día para otro. Sin embargo, cuando el sistema nervioso está sobrepasado, forzar suele aumentar el rechazo y el malestar alrededor de la comida.
Hay señales que conviene observar: angustia al sentarse a la mesa, náuseas o arcadas frente a ciertos alimentos, rechazo intenso a olores o temperaturas, necesidad de comer siempre lo mismo o evitar directamente las comidas. Cuando estas situaciones se sostienen en el tiempo y empiezan a afectar la vida familiar, es importante prestarles atención.
Acompañar en verano implica, muchas veces, volver a lo básico. Comidas simples, conocidas, en un ambiente tranquilo, sin comentarios ni presión. Priorizar que el cuerpo pueda sentirse a salvo antes de pedir cambios.
Y si la dificultad persiste, consultar con una terapista ocupacional puede ser un gran apoyo. Desde la terapia ocupacional se aborda la alimentación considerando la organización y rutinas, la sensorialidad y el contexto, ayudando a entender qué está pasando y qué estrategias pueden facilitar la experiencia de comer.
Porque comer no debería ser una lucha diaria. Y cuando lo es, buscar acompañamiento es una forma de cuidado.
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