Joan Manuel Serrat, figura indiscutible de la canción y referente cultural, lanza una pregunta que resuena con fuerza en el debate público contemporáneo: “¿Por qué resultamos tan incómodos los viejos?”. En el marco de jornadas de reflexión sobre la longevidad en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, Serrat, con 82 años y su habitual claridad, cuestionó cómo la sociedad actual margina a quienes acumulan décadas de vida. Su reflexión no nace de un lugar de queja, sino de una observación aguda sobre cómo la estructura social privilegia la inmediatez y la juventud, desplazando a quienes, con su bagaje, deberían ser pilares fundamentales de la comunidad. Serrat, quien siempre utiliza su música para observar la realidad, traslada ahora esa capacidad analítica al plano social, denunciando la falta de espacios reales donde la sabiduría y el tiempo no sean vistos como un estorbo, sino como un valor agregado.
El peso de la invisibilidad y el rechazo sistémico
El mensaje de Serrat golpea directamente en la gestión de la vejez en las sociedades modernas, donde el ritmo frenético parece no dejar lugar para la pausa. El cantautor argumenta que existe una tendencia marcada a desplazar a las personas mayores, reduciendo su rol a una presencia casi decorativa o, en el peor de los casos, a una carga económica y social. “A medida que uno cumple años, se vuelve más invisible para una sociedad que solo valora lo que produce de inmediato”, comenta, desgranando una cruda realidad donde el valor del individuo se mide únicamente por su utilidad funcional y su capacidad de consumo.
Para Serrat, este fenómeno representa una falla sistémica en la forma en que entendemos el desarrollo humano. La falta de espacios reales de participación y la condescendencia con la que, a menudo, se dirige la palabra a los ancianos, refuerzan un aislamiento que él califica de injusto. “Resulta curioso cómo nos empujan hacia un rincón, como si nuestra sola existencia recordara a los demás una verdad que prefieren ignorar: que el tiempo pasa para todos”, añade. En su discurso, enfatiza que los mayores son, en realidad, un colectivo que todavía posee mucho que aportar. Prescindir de ellos es, a ojos del artista, un acto de una enorme miopía social que desprecia el conocimiento acumulado tras años de vicisitudes, éxitos y aprendizajes que ningún algoritmo puede replicar.
Un llamado urgente a revalorizar la memoria y la dignidad
La postura del artista es un alegato en favor de la dignidad frente a un sistema que busca beneficios fáciles y rápidos. Serrat propone que, en lugar de marginar a los mayores, la sociedad necesita nutrirse de su capacidad crítica y de su perspectiva. La verdadera modernidad, sugiere, se mide por la integración real de todas las etapas de la vida, no por la exclusión de aquellas que ya no cumplen con los estándares estéticos o de velocidad actuales. “Prescindir de los viejos no solo resulta un acto criminal e imbécil, es como quemar los libros, es destruir la memoria”, sentencia con firmeza. Este reclamo busca transformar la mirada compasiva —y a veces condescendiente— por una de reconocimiento mutuo. Serrat sostiene que, al desplazar a los viejos, la sociedad pierde una parte esencial de su identidad y de su sabiduría colectiva.
En última instancia, su reflexión es un recordatorio de que la dignidad humana carece de fecha de vencimiento y que la construcción de un entorno más habitable pasa, ineludiblemente, por dejar de sentir incomodidad ante la simple presencia de quienes tienen más años. Para Joan Manuel Serrat, esta es una batalla por la visibilidad y el derecho a seguir siendo ciudadanos plenos, desafiando la norma del “usar y tirar” que hoy define gran parte de las relaciones humanas y que tanto daño causa al tejido social. La vejez, concluye, requiere ser celebrada como la última gran etapa del aprendizaje vital.
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