“La lactancia es mucho más que alimento”, afirma. Es contacto, vínculo y seguridad. En ese acto se fusionan las necesidades físicas y emocionales del bebé: regulación de temperatura, calma, ritmo cardíaco y, sobre todo, contención. “Es su primer refugio, su lugar seguro”. Jimena invita a recordar que amamantar no es solo nutrir, sino también ofrecer un espacio de encuentro y confianza que deja huellas profundas.
A la par, desmontar los prejuicios es clave. “No hay leche que no sirva, ni bebés caprichosos”, sostiene. Derribar frases instaladas como “mi leche no alimenta” o “si lo alzás mucho se malcría” permite maternar con menos culpa y más libertad. Cada experiencia es única, y validar los distintos caminos —ya sea lactancia exclusiva, mixta o fórmula— es una forma de acompañar sin juzgar.
El sueño del bebé es otro de los grandes desafíos. Jimena recuerda que los despertares frecuentes son parte del desarrollo normal. “Los bebés no duermen como los adultos, y entenderlo ayuda a transitar la etapa con menos frustración”. El contacto, la cercanía y la lactancia funcionan como poderosos reguladores naturales.

Después llega el posparto, con cuerpos que cambian y emociones que se transforman. “No se trata de volver a ser la de antes, sino de abrazar la nueva versión de una misma”, dice. Visibilizar los cuerpos reales y las marcas de la maternidad es una manera de devolverle humanidad a ese proceso tan idealizado.
Y cuando el ciclo de lactancia llega a su fin, el destete aparece como un nuevo capítulo compartido. Jimena lo define como “un camino de a dos, que merece tiempo, comunicación y respeto”. No hay edades correctas ni fórmulas únicas: cada binomio decide cuándo y cómo.
Finalmente, destaca algo esencial: la tribu. “Criar en soledad agota. Necesitamos redes que sostengan, acompañen y abracen”. Porque maternar, más que un acto individual, es un tejido colectivo donde el amor crece cuando se comparte.
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