Socialmente es frecuente evitar las emociones desagradables, porque no nos gusta sentirlas. Decir que uno está mal o triste a veces resulta difícil. Comentarios como “esta situación no me afecta”, “no pasa nada” o el típico “estoy bien” —aunque no lo sintamos— son formas habituales de alejarnos de lo que realmente nos pasa.
Pero, ¿qué son realmente las emociones y para qué sirven?
Las emociones son respuestas psicofisiológicas complejas que se desencadenan ante estímulos internos o externos. Es decir, son reacciones tanto corporales como mentales que guían nuestro comportamiento. Cada una de ellas se expresa de manera diferente en nuestro cuerpo y en nuestra forma de pensar.
Pueden clasificarse en básicas o complejas, pero no deberían considerarse positivas o negativas. Esta forma de nombrarlas puede llevarnos a creer que algunas deberían evitarse, cuando en realidad todas cumplen una función importante en nuestra supervivencia.
Las emociones nos brindan información sobre lo que nos pasa y lo que necesitamos. El miedo, por ejemplo, nos alerta frente a un peligro; el enojo puede señalarnos que algo nos resulta injusto; la tristeza suele aparecer ante una pérdida o cambio significativo. Si estas emociones desagradables no existieran, ¿cómo sabríamos cuándo algo nos importa o nos hace bien? Incluso aquellas que resultan incómodas tienen un sentido.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que muchas veces promueve el bienestar constante y la idea de “estar bien” todo el tiempo. En ese contexto, las emociones desagradables suelen ser evitadas, negadas o minimizadas. Pero cuando intentamos taparlas o ignorarlas, no desaparecen: tienden a manifestarse de otras formas.
Entonces, más que evitarlas, el desafío está en poder reconocerlas, darles lugar y comprender qué nos están queriendo decir. Las emociones, incluso las incómodas, no son un problema en sí mismas, sino una parte necesaria de nuestra experiencia.
¿Y cómo hacemos eso? En primer lugar, reconociéndolas: registrando qué sentimos y qué pasa en nuestro cuerpo. Ponerle un nombre, permitir que esté, sin negarla ni juzgarnos, y evitando reaccionar de manera automática para taparla. La aceptación es parte fundamental de este proceso: no implica resignación, sino aprender a transitar lo que sentimos. Decir “estoy triste” o “me dolió” también es una forma de expresarlo.
Aprender a relacionarnos de otra manera con nuestras emociones no es fácil, y muchas veces requiere tiempo. Pero tal vez el primer paso no sea dejar de sentir, sino animarnos a escuchar. Porque las emociones, incluso las más incómodas, no vienen a dañarnos, sino a mostrarnos algo de nosotros mismos. ¿Qué pasaría si, en lugar de evitarlas, empezáramos a prestarles atención?
Lic. AilínMuguruza
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