Berrinches, llantos intensos y desbordes emocionales suelen generar angustia y desconcierto en madres y padres. Sin embargo, lejos de ser un problema de conducta, son una expresión esperable del desarrollo emocional infantil. Comprender qué ocurre en esos momentos y cómo acompañarlos puede transformar la crianza —y el vínculo— por completo.
Las emociones existen desde el nacimiento. Pero alrededor de los dos años ocurre algo enorme en la vida de un niño: descubre que es una persona separada de sus cuidadores. Empieza a comprender que tiene deseos propios, voluntad propia y capacidad de influir en el mundo que lo rodea.
Por eso esta etapa suele conocerse como “los terribles dos”, aunque en realidad tiene poco de terrible y mucho de desafiante. A esta edad, los niños comienzan a notar que lo que hacen genera efectos: si tiran algo, cae; si gritan, alguien reacciona; si dicen “no”, algo puede cambiar. Este descubrimiento es un hito del desarrollo, pero también una experiencia abrumadora.
Aparece entonces una tensión interna: el fuerte deseo de autonomía frente a la imposibilidad —todavía inmadura— de tolerar la frustración cuando algo no sale como esperan. Y es ahí donde las emociones terminan estallando.
El berrinche no es desobediencia ni manipulación. Es la expresión visible de un cerebro en desarrollo que aún no logra regular lo que siente. Lejos de ser una mala conducta, es una señal de crecimiento. Indica que el niño está construyendo su identidad y aprendiendo a ser una persona separada y, a la vez, profundamente vinculada a los otros.
Frente a ese estallido, nuestro rol como madres y padres no es apagar el fuego, sino convertirnos en contención. Durante un berrinche, el cuerpo del niño está inundado de estrés y su cerebro racional queda momentáneamente fuera de línea. Intentar razonar o explicar en ese momento no ayuda. Lo que sí ayuda es prestar calma: bajar el tono de voz, hablar lento, quedarnos cerca y poner palabras simples a lo que siente.
Algunas estrategias sensoriales —como el contacto firme, el movimiento suave o la respiración lenta— ayudan a que el sistema nervioso vuelva, de a poco, a su eje. A diferencia de los distractores, no cortan la emoción, sino que enseñan que puede ser atravesada con ayuda.
Cuando la tormenta pasa, llega el momento de la reparación. Un abrazo, el silencio compartido o una frase sencilla permiten transmitir que el vínculo sigue intacto. Recién entonces es posible poner en palabras lo ocurrido y ayudar a ordenar la experiencia.
Acompañar un berrinche no es fácil. Y no lo es porque las emociones también nos atraviesan a los adultos. Nuestro cerebro está diseñado para resonar con el otro, por lo que el desborde infantil suele activar tensión y enojo en quien acompaña. Por eso, regularnos mientras el niño no puede hacerlo solo es parte central de la crianza.
Porque cuando prestamos calma, los niños pueden recibir calma.
Cuando prestamos regulación, pueden aprender regulación.
Y cuando prestamos empatía, empiezan a construir empatía
Fotos: Elina Uliarte
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