miércoles 28 de enero del 2026

Marianela Camporro, Máster en Relaciones Afectivas: La soledad como puente hacia vínculos afectivos más auténticos

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Marianela Camporro, Máster en Relaciones Afectivas: La soledad como puente hacia vínculos afectivos más auténticos
Marianela Camporro, Máster en Relaciones Afectivas: La soledad como puente hacia vínculos afectivos más auténticos | CONTENTLIKE
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En una sociedad que asocia bienestar con agendas llenas y vínculos constantes, estar solo suele interpretarse como una señal de alarma. “Tenés que salir más”, “no es bueno quedarse solo”, “la ciencia dice que hay que socializar”. Detrás de estos mensajes suele haber buena intención, pero también un mandato silencioso que muchas personas cargan: el de no poder estar a solas sin sentirse incompletas.

La realidad es que no todas las personas se vinculan de la misma manera ni con la misma intensidad. Hay quienes disfrutan de grandes grupos y encuentros frecuentes, y hay quienes necesitan más espacios de intimidad y silencio. Ninguna forma es mejor que la otra. El problema aparece cuando dejamos de escucharnos para responder a expectativas externas, incluso bienintencionadas, que no siempre respetan nuestro ritmo emocional.

Aprender a estar solo no significa aislarse ni rechazar el contacto humano. Significa algo mucho más profundo: sentirse a gusto en la propia compañía. Hay una diferencia esencial entre la soledad que duele —la que se vive como abandono— y la soledad elegida, que calma, ordena y permite volver a uno mismo. Un fin de semana sin planes puede ser un refugio emocional, un espacio de descanso interno y no una señal de carencia.

Ahora bien, no toda soledad es necesariamente saludable. Un buen criterio para distinguirlo es observar cómo nos sentimos cuando estamos solos. Si el tiempo a solas trae paz, claridad, creatividad o descanso, probablemente estemos frente a un espacio de conexión y crecimiento personal. En cambio, si la soledad se vive con angustia intensa, tristeza persistente, desconexión emocional o evitación del contacto por miedo, puede tratarse de un aislamiento que merece ser atendido.

Algunas preguntas pueden ayudar a hacer este discernimiento:
¿Elijo estar solo o siento que no puedo acercarme a otros?
¿Mi soledad me nutre o me apaga?
¿Puedo vincularme cuando lo deseo o evito el contacto por temor al rechazo o al conflicto?
Estas respuestas no buscan juzgar, sino aportar conciencia. Escucharlas con honestidad es un acto de autocuidado.

Muchas veces, el miedo a la soledad empuja a las personas a vincularse desde el automatismo: salir por inercia, aceptar planes que no desean o permanecer en relaciones poco nutritivas solo para no estar solos. Pero cuando la compañía nace del miedo, pierde profundidad. La conexión verdadera aparece cuando el encuentro es una elección consciente y no una huida del vacío.

Habitar la soledad con tranquilidad es uno de los mayores signos de madurez emocional. Cuando una persona puede estar consigo misma sin angustia, sin urgencia y sin culpa, deja de usar a los vínculos como refugio o salvación. Desde ese lugar interno más sólido, las relaciones se vuelven un espacio de encuentro y no de necesidad, de elección y no de dependencia.

Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea socializar más, sino aprender a estar. Estar con uno mismo, con lo que sentimos y con lo que somos, sin apurarnos a llenar silencios. Porque cuando la soledad deja de ser una amenaza, la conexión con los demás nace desde la libertad. Y ahí, recién ahí, los vínculos se vuelven auténticos, conscientes y profundamente humanos.

Instagram: @coachmarianc
LinkedIn: Marianela Camporro Peñaloza
Facebook: mariancamporro_coach

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