Durante mucho tiempo pensamos que el sufrimiento en las relaciones dependía únicamente de haber elegido “a la persona equivocada”. Sin embargo, hoy sabemos que existe otro protagonista silencioso: nuestro sistema nervioso.
Las dinámicas vinculares actuales están atravesadas por una enorme dosis de incertidumbre. Personas que desaparecen sin explicación (ghosting), vínculos que aparecen y desaparecen cuando les resulta conveniente (breadcrumbing), mensajes que llegan de manera impredecible y relaciones donde nunca termina de quedar claro qué lugar ocupamos.
Lejos de ser simples conductas incómodas, estas experiencias pueden generar un fenómeno conocido como refuerzo variable, uno de los mecanismos más potentes para mantener una conducta y generar dependencia emocional.

Cada vez que esa persona aparece después de varios días de silencio, la expectativa y la sensación de recompensa pueden activar circuitos cerebrales en los que participa la dopamina, vinculada con la motivación y la anticipación. El problema es que ese alivio dura poco. Cuando vuelve la incertidumbre, también pueden regresar la ansiedad, la hipervigilancia y el aumento del cortisol, una de las principales hormonas involucradas en la respuesta al estrés.
Así se instala la intermitencia: momentos de conexión que se alternan con distancia, silencio o indiferencia. Y justamente porque no sabemos cuándo llegará el próximo acercamiento, quedamos más pendientes del vínculo. Esperamos el mensaje, analizamos el silencio, buscamos señales y empezamos a medir nuestro valor en función de la atención que recibimos.
Muchas personas interpretan esta montaña rusa emocional como una prueba de que están profundamente enamoradas. Sin embargo, desde la psicología sabemos que, en numerosas ocasiones, esa intensidad puede estar más relacionada con un sistema nervioso hiperactivado intentando recuperar una sensación de seguridad.

Esta dinámica resulta especialmente intensa en personas con historias de apego inseguro, donde el miedo al abandono, al rechazo o a dejar de ser elegidas quedó registrado mucho antes de la relación actual. El vínculo presente termina activando experiencias emocionales antiguas que el cerebro intenta resolver una y otra vez.
Por eso, salir de este tipo de relaciones no depende únicamente de “tener fuerza de voluntad”. Primero necesitamos comprender qué nos está pasando y reconocer cuándo estamos confundiendo intensidad con conexión.
Porque no todo lo que nos genera ansiedad es amor. Y no todo lo que nos cuesta soltar significa que sea el vínculo que necesitamos.
A veces, empezar a vincularnos de una manera diferente implica dejar de preguntarnos “¿por qué esta persona no me elige?” y comenzar a preguntarnos “¿por qué sigo eligiendo un vínculo en el que necesito sentir que me eligen todo el tiempo?”
Ahí comienza un cambio mucho más profundo: cuando dejamos de intentar descifrar al otro y empezamos a comprendernos a nosotros mismos.
Lic. Kristhel Klosko
Psicóloga
IG: @kris.psico
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