viernes 13 de diciembre de 2019
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ESPECTáCULOS | 16-09-2019 18:12

Federico Andahazi presenta a su familia en su casa de Belgrano

El escritor y psicólogo argentino recibió a CARAS en la intimidad de su hogar y abrió su corazón. Galería de fotos

Ingresar a la antigua casona de Belgrano R es como adentrarse a una de sus novelas. Ambientes como capítulos, cada uno con su historia, objetos, obras de arte. Los personajes, seres que lo habitan y le dan vida a la casa, tienen todos un pasado desafiante, lleno del conflicto que alimenta un buen relato. Federico Andahazi (56), a sus anchas, ofrece su perfil más familiero, lejos de cualquier grieta, cercano a ese “aventurero interior” que cultiva un estilo de vida idílico junto a su amada mujer Aída Pippo (47), artista plástica y dibujante, de la que se enamoró hace 20 años y con quien comparte los dos grandes tesoros de su existencia: sus hijos Vera (17) y Blas (13). “Nos conocimos en un pub del bajo, en el centro. Fui a tomar una cerveza y nos cruzamos. A partir de ese día nunca nos separamos”, le dice a CARAS el psicólogo que incursiona en el periodismo con Alfredo Leuco en Radio Mitre y TN, y que acaba de publicar “La Matriarca, el Barón y la Sierva”, su última novela que va por la segunda edición, tras agotar la primera. “Transcurre a mediados de 1860, y está inspirada en una historia real, la de Juan Manuel de Rosas, quien adoptó una chiquita, hija de un compañero de armas que se estaba muriendo. Lejos de cumplir las funciones de un padre, la encerró, la violó sistemáticamente, y terminó teniendo seis hijos con ella. En la verdadera historia se llamaba María Eugenia, pero sentí que iba a quedar atado a la actualidad (por María Eugenia Vidal), así que decidí que se llame María Emilia”, afirma el escritor que en 1997 se convirtió en Best Seller con “El Anatomista”, novela publicada en más de treinta idiomas. Y ahora prepara la segunda temporada de su programa “Vas a Viajar en mi Sidecar”, emitido por la TV Pública (Andahazi entrevista a personajes enlazados en una travesía en una antigua Harley-Davidson con sidecar). En 2011, Andahazi fue distinguido como Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad.

Federico continúa hablando del amor que siente por Aída. “Con mi mujer, el arte siempre nos vinculó. Yo tengo una conexión muy fuerte con la pintura porque mi abuelo paterno era pintor, muy conocido en Hungría. Cuando me tocó viajar a Budapest para presentar uno de mis libros, me encontré con que mi abuelo había fundado un partido político. En vida llegó a ser diputado, pintó unos cuantos frescos del teatro Liszt. Te diría que la pintura es mi profesión frustrada, y cuando la conocí a Aída y descubrí que era artista plástica, establecí por esa vía una empatía inmediata”, explica Andahazi. A su lado, su “Alma Gemela” agrega:“De Federico me atrae todo. El paso del tiempo no afectó a la relación, todo lo contrario. Nos hicimos cada vez más compañeros, compartimos mucho. Me involucro en lo que está escribiendo y él en lo que yo estoy pintando. Charlamos mucho de los proyectos que tenemos. Además lo considero muy valiente porque era mucho más confortable quedarse con el prestigio de la literatura, pero decidió exponerse con sus opiniones políticas. A mí me parece admirable. No es un hombre tan romántico, pero a mí tampoco me gustan mucho ese tipo de cosas”. Federico se tienta, y agrega: “Somos muy amigos. No soy romántico pero sí cariñoso. Le compongo canciones de amor”. Su mujer, enamoradísima, suma más detalles: “Las canciones que me dedica son re lindas, me las canta todo el tiempo. Las toca con la guitarra o el ukelele. Yo le regalo los instrumentos. Ahora le compré un bajo”, agrega la ilustradora y artista plástica, que ilustró un libro infantil cuyo texto escribió Andahazi.

Federico no es solo un intelectual que habita inexpugnables universos de ficción. En la pintoresca casona llama la atención su colección de motos. “Debo tener más de veinte. Van desde Harley-Davidson e Indian, hasta BSA, Douglas, Kawasaki y Honda. Ando con un casco de un ex combatiente de Malvinas, un helicopterista. Ya me voy a ocupar de conocer bien su historia, saber a quién perteneció y cómo llegó a donde lo compré. Me encantan las historias detrás de las cosas: tengo una moto Honda 400, del ‘81, que fue de Diego Maradona. Hasta poseo las patentes a nombre de él”, completa.

A la hora de hablar de los hijos de la pareja, la entrevista cobra una dimensión muy emotiva. “Vera es una nena adorable. Sale a mí: es noctámbula, se duerme a cualquier hora. No tengo ninguna autoridad para mandarla a dormir temprano, tenemos un ritmo de vida muy parecido. Vera es una chica muy buena, me cuesta como padre ver que ya tiene 17. Los padres a las nenas siempre las vemos como bebés. Pero ya es grande”, dice el escritor. Y luego le dedica un capítulo aparte a su hijo Blas, a quien define como “un superhéroe”. “Es la persona que yo más admiro. Es un nene que nació con 600 gramos, con 25 semanas de gestación. Yo llegué de la Feria del Libro de Dominicana y fue un shock muy fuerte. Cuando viajé, a mi mujer le faltaba un montón para parir, y al regreso me encuentro con que el bebé había nacido. Me fui corriendo al Hospital Italiano y me encontré con una situación tremenda. Mi mujer en terapia intensiva, con una septicemia, y el nene en una incubadora. Cuando lo vi me cabía en la palma de la mano. Estaba lleno de tubos, imaginate. Eso se transformó en una bisagra en mi vida, ya nada sería lo mismo. Por suerte, Aída se recuperó rápido, pero el nene estuvo seis meses internado. Le pasó todo lo que le podía suceder: tuvo hemorragia cerebral bilateral, necrosis en los intestinos, lo tuvieron que operar mil veces, y el tipo peleaba y peleaba y peleaba… Era una cosa épica (Andahazi se emociona y se quiebra, no puede contener el llanto). Era como esos héroes de las películas que pelean y no se rinden, un ser precioso. Y bueh, ahí lo tenemos. Ahora tiene las secuelas de cualquier chico prematuro, pero está bien”, completa.

Federico Andahazi y su mujer coinciden en que lo sucedido con su hijo Blas les dio una perspectiva distinta. “Antes, uno se hacía problema por pelotudeces, y ahora Blas me enseña a jerarquizar las cosas por importancia. A partir del nacimiento de Blas tengo muy en claro que lo que más me interesa es que mis hijos sean felices—confiesa Andahazi, antes de hablar del legado que recibirán—. Más que dejarle nosotros un legado a ellos, son ellos quienes nos lo dejan. Jamás podría aprender en otro lado lo que me enseñó Blas. Hay que escucharlos, tanto a Blas como a Vera, hay que mirarlos… Porque ellos saben mucho. Pero también lo peor que les podés hacer es no hacerles sentir autoridad. Lo que más los angustia es que no se les ponga límites. Que lo dejen ir, ir, ir… Me parece que está bueno hacer un pacto tácito: yo te voy a escuchar y te voy a hacer caso, pero vos hacé lo mismo conmigo. Mi vida es esto: mi mujer y mis hijos, todo lo demás gira alrededor. Puedo dejar de escribir, de trabajar en los medios, no me importa. Pero no imagino una vida sin mi familia”, concluye el escritor. 

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Fabián Cataldo

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