miércoles 12 de agosto del 2026

Cuando decir “no” no es un límite

Decir “no” no siempre significa poner un límite. A veces es apenas una palabra vacía, sin cuerpo, sin actitud, sin convicción. Un “no” que no está sostenido por emociones, por una decisión interna, por una coherencia entre lo que se siente y lo que se hace, no detiene nada. | Por la Lic. Adriana Balduzzi Galería de fotosGalería de fotos

Cuando decir “no” no es un límite
Cuando decir “no” no es un límite | CONTENT CARAS LIKE
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Cuando una persona no está realmente convencida de que necesita alejarse de alguien que la daña o la perjudica, ese “no” no pone fin a la situación. Dice que no, pero vuelve a abrir la puerta al maltratador, a una pareja que lastima, a un vínculo de amistad tóxico. Vuelve a leer los mensajes, a responder, a pedir explicaciones sabiendo que le están mintiendo. Ese “no” termina funcionando como un “sí, seguime maltratando”.

Es como poner la cabeza en bandeja para que te la corten. Es jugar a Caperucita aun sabiendo que el lobo está disfrazado de abuelita.

Cuando decir “no” no es un límite

Las razones son múltiples. El miedo a estar sola. El temor a no volver a encontrar una relación afectiva. La sensación de haber invertido demasiadas ilusiones y expectativas como para retirarse ahora. A veces la autoestima se sostiene en una fantasía: “le dije mil veces que no, pero insiste”, y eso hace sentir importante, negando la manipulación que el otro ejerce. Otras veces se permanece por conveniencia económica, por la creencia de que solas no se puede, o por la vieja idea de que es mejor “malo conocido que bueno por conocer”.

También existen motivos inconscientes: patrones de repetición ligados al abandono o al maltrato en etapas tempranas de la vida, experiencias vividas o presenciadas en la propia familia, que hacen familiar lo que duele.

Cuando decir “no” no es un límite

El “no” se vuelve un límite real cuando hay coherencia interna: cuando cuerpo, mente y emociones lo sostienen. Un “no” vacío no tiene verdad, porque el límite no es la palabra, es la experiencia interna que la respalda. Es el enojo que protege, la intuición que advierte, la necesidad de cuidarse. Es algo que se siente más de lo que se explica, y se vive sin culpa.

Ahí el límite deja de ser defensa y se vuelve identidad. Es una forma de respetarse. A veces ni siquiera hace falta decirlo en voz alta: basta con un gesto, una ausencia, un no responder. Cuando el límite es auténtico, las palabras sobran.

 

Licenciada Adriana Balduzzi

Instagram:@lic.adrianabalduzzi

Correo: [email protected]

 

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