Pocas escenas generan tanto desgaste invisible como ese instante de duda previo a decir «no». Sucede en casa ante la insistencia de un hijo por un límite que se desmorona, o en la intimidad de la pareja cuando aceptamos compromisos que nos dañan.
Muchas mujeres sienten que marcar un borde equivale a ser egoístas. Se instala entonces la complacencia como hábito y, con ella, una culpa silenciosa. Sin embargo, la dificultad para decir «no» no es una falta de carácter: es la resonancia de nuestra propia historia vincular.
La alarma del temor al rechazo
Desde la Teoría del Apego desarrollada por John Bowlby, sabemos que mantener la proximidad con quienes amamos es un impulso primario de supervivencia. Si en la infancia aprendimos que la calma del entorno dependía de nuestra adaptabilidad, el cerebro registró la complacencia como garantía de seguridad.

En la adultez, al intentar poner un límite, el sistema de apego interpreta la negativa como una amenaza de abandono. Se enciende una alarma arcaica: la culpa no aparece porque hagamos algo malo, sino como una señal que intenta llevarnos de regreso al acomodamiento para preservar el lazo a cualquier costo.
Esta imposibilidad se refleja en dos escenarios cotidianos:
Con los hijos: Sostener su frustración resulta intolerable porque su desregulación reactiva nuestra propia angustia. Ceder alivia el momento, pero priva al niño de aprender que los límites también contienen.
Con la pareja: La sobreadaptación toma el mando. Nos hacemos cargo del estado de ánimo del otro y postergamos deseos por el temor latente a que la distancia arruine la relación.
En ambos casos opera el mismo supuesto inconsciente: «Si pongo un límite, el amor se termina».

El límite como acto de apego seguro
La capacidad de mentalizar, nos permite interpretar la conducta propia y ajena desde las emociones. Nos ayuda a entender que el desborde de un hijo ante una negativa es una respuesta esperable frente a la frustración, y que la molestia de la pareja habla de sus expectativas, no de nuestro valor.
El apego seguro no se construye complaciendo cada demanda, sino ofreciendo una presencia coherente. Poner un límite claro y amoroso otorga seguridad al vínculo. Un «no» dicho desde la calma le enseña al hijo que la frustración es tolerable, y en la pareja, transforma la dependencia en una interdependencia sana.
Poner límites es un acto de reencuentro con una misma. Cada vez que pronunciamos un «no» compasivo hacia afuera, ofrecemos un «sí» reparador a nuestra propia autoestima.
MARISOL BAKOTA | Lic. en Psicología. Mat N° 6594
CONTACTO:
03462 15365516
[email protected]
IG: @lic.marisolbakota
Página WEB: lic-marisolbakota.tiendup.com
Quién es la modelo que acusó por un ataque al hermano de Riquelme
Guerlain presenta la nueva L’Heure Bleue: así es la reinterpretación del perfume de 1912
Así es la vida de Rocco, el nieto menos conocido de Mirtha Legrand que se mantiene sin redes sociales