Los fríos peldaños de granito la llevaron al subsuelo en dónde las sillas con ruedas ubicadas a los costados, le dieron ganas de correr, paradoja curiosa para un lugar que promueve la salud…
¡Hay poca gente, mejor! pensó María, sacando un numerito impreso de la máquina y tomando asiento.
“¿Obra Social?” “¿Horas de ayuno?” sintetizó la secretaria, sin mirarla y golpeando el abrochador contra el escritorio, para luego entregarle el récipe que completaría con sus datos personales.
¡El que sigue! vociferó impaciente, su tiempo había terminado…
La pantalla dibujaba letras para pacientes inexistentes; con los comprobantes en la mano, miró a una madre solitaria con su bebita dormida en los brazos, el rostro tenía surcos de incertidumbre y cansancio.
-¿Está enferma? Le preguntó compasiva, al verla sacar del bolso un par de caramelos rancios.
-Tiene “el pecho tomado”, me dieron para que le haga análisis y… Explicó como queriendo desahogarse, pero un pitido sordo retumbó interrumpiéndolas, era el llamado para el cadalso.
Disculpándose, María enfiló para la sala de extracción donde una mujer con bata celeste, le espetó secamente:
-¡Estirá el brazo y cerrá la mano con fuerza! ¡Respirá hondo y no te muevas!
-¡Ay!
-¡No te quejes, tu brazo es gordo, no encuentro la vena! La retó con una sonrisa sádica.
Buscó la puerta sintiendo náuseas: “¡así es el sistema, aguantate María, nada podés hacer!”.
Palpó la copia del Aleph de Borges en su cartera cuando pasaba enfrente del mercadito recién abierto y Don Carlos le chistaba con el cartel de ofertas en la mano; los chicos apilaban los cajones de fruta en la vereda parloteando y Giuliano, el más atento, le dijo al verla pálida: ¡Eh María qué cara, tomá una manzana, están ricas!
Frotando la tentación roja sobre su abrigo, la mordió cuan Eva mientras continuaba la marcha, dejando que el dulce le invadiera las papilas; recordó, qué en el cuento de Jorge Luis, el Aleph era “ese punto en el espacio que contiene a todos los puntos...”
Masticó tranquila y la aguja quedó sepultada en el cajón de los dolores injustos, mientras el solcito de otoño le acariciaba la cara: su Aleph estaba intacto…
(a María Jimena Cattaneo, gracias)
Dra. Veronica Piotti Cervi
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