Hay un momento en la vida de muchos hombres en el que algo empieza a cambiar, pero casi nadie encuentra las palabras para nombrarlo. No se trata simplemente de cumplir años. Tampoco de una crisis existencial en el sentido clásico. Es algo más silencioso y, justamente por eso, más difícil de registrar: menos energía, peor descanso, pérdida de fuerza, grasa abdominal que aparece aun sin grandes excesos, irritabilidad, menos deseo sexual, menor capacidad de concentración. El cuerpo empieza a enviar señales, pero la cultura masculina sigue enseñando a ignorarlas.
Durante décadas, el envejecimiento femenino estuvo más expuesto, más observado y más comentado socialmente. El masculino, en cambio, quedó envuelto en una ficción de continuidad: como si el hombre pudiera sostener indefinidamente la misma potencia física, sexual y mental, y cualquier alteración fuera apenas una señal de debilidad, de desorden personal o de falta de carácter. El resultado es conocido: muchos hombres no consultan. Y cuando lo hacen, llegan tarde.
Todavía existe una resistencia muy marcada a pensar que la salud hormonal masculina también merece atención. Se sigue asociando este tema a una vanidad impropia, a un miedo exagerado al paso del tiempo o a una especie de capricho de hombres que no quieren envejecer. Pero esa lectura es demasiado superficial. En muchos casos no estamos frente a una fantasía de juventud eterna, sino frente a un cuadro clínico que deteriora la calidad de vida y que, además, puede estar conectado con otros problemas de salud.
La testosterona no es solo una hormona vinculada al deseo sexual. Tiene un papel importante en la regulación del metabolismo, en la masa muscular, en la fuerza, en la densidad ósea, en la vitalidad, en el estado de ánimo y en ciertas funciones cognitivas. Por eso, cuando desciende por debajo de determinados niveles y ese descenso se acompaña de síntomas, lo que aparece no es solamente un malestar difuso. Aparece una alteración que merece ser entendida y estudiada.
Sin embargo, el hombre adulto suele quedar atrapado en una interpretación reducida de lo que le sucede. Si está cansado, piensa que es estrés. Si aumentó de peso, supone que “ya no es lo mismo que antes”. Si perdió deseo sexual, muchas veces lo vive en soledad. Si se siente más apagado o menos resolutivo, se acostumbra. Y así pasa el tiempo. Se normaliza un deterioro que no siempre debería naturalizarse.
A esto se suma otro problema: buena parte de la medicina todavía mira estos síntomas de manera fragmentada. Fatiga, aumento de peso, apatía, insomnio, baja libido, peor rendimiento físico. Cada cosa se analiza por separado, pero no siempre se formula una pregunta más amplia: ¿qué está pasando con la biología de ese hombre? ¿Qué cambió en su eje hormonal? ¿Qué parte de ese cuadro responde a hábitos, qué parte a contexto psíquico y qué parte a un proceso orgánico que requiere evaluación específica?
No se trata de medicalizar el envejecimiento ni de prometer soluciones milagrosas. Se trata de algo más básico: reconocer que el cuerpo masculino cambia y que esos cambios no deberían quedar atrapados entre la burla social y la desatención clínica.
La expectativa de vida aumentó de forma considerable. Hoy es perfectamente posible que un hombre viva varias décadas después del comienzo de este declive hormonal progresivo. La pregunta entonces deja de ser marginal. Pasa a ser central: ¿vamos a aceptar que una gran parte de la segunda mitad de la vida masculina transcurra con menos energía, menos fuerza, peor composición corporal, peor rendimiento sexual y menor bienestar, como si fuera simplemente el precio inevitable de cumplir años?
Esa resignación no siempre es saludable. Porque además del impacto subjetivo, también hay datos que obligan a prestar atención. El déficit androgénico puede relacionarse con mayor riesgo cardiometabólico, con alteraciones en la composición corporal y con una pérdida gradual de funcionalidad que muchas veces se confunde con envejecimiento “normal”. La frontera entre una cosa y otra no se resuelve con slogans, sino con medicina seria.
Por eso el punto no es instalar una moda ni empujar tratamientos de manera indiscriminada. El punto es recuperar una discusión que fue demasiado postergada. Hacer diagnósticos más precisos. Medir mejor. Escuchar más. Derivar cuando corresponde. Y entender que un hombre que consulta por estos cambios no está dramatizando ni negando su edad: está intentando cuidar su salud.
Tal vez el verdadero tabú no sea la andropausia en sí misma, sino la dificultad cultural para aceptar que la masculinidad también tiene una biología vulnerable. Que también pierde, también cambia, también necesita revisión. Y que pedir ayuda a tiempo puede ser una forma de lucidez, no una señal de fragilidad.
En una época obsesionada con prolongar la juventud, quizás convenga plantear una discusión más inteligente: no cómo parecer más joven, sino cómo envejecer mejor. Y para eso, antes que silencios o prejuicios, hacen falta preguntas clínicas bien formuladas.
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