Hay momentos de la vida en los que todo parece desordenarse. Una relación cambia, el cuerpo responde de una manera inesperada, una decisión nos enfrenta con algo que no queríamos ver. Y muchas veces, mientras atravesamos esos procesos, es fácil buscar culpables o respuestas que nos permitan volver rápidamente a sentirnos bien.
Pero los procesos no son lineales. Nos llevan hacia afuera y hacia adentro, nos confrontan y nos transforman. Y en medio de ese movimiento puede aparecer algo tan simple como profundo: la capacidad de detenernos y mirar.
Es entonces cuando se activa El Observador Consciente que hay en cada uno de nosotros. Esa parte que nos permite elevar la mirada y contemplar el proceso con cierta distancia. Comprender por qué ocurrió aquello, qué lugar tuvo una relación en nuestro proceso y qué nos transformó. Y lo que cambia no es lo que vivimos, sino nuestra capacidad para verlo más profundamente, reconociendo la Unidad que nos contiene y que siempre estuvo presente desde nuestro centro.
También es cierto que, cuando El Observador aparece, inevitablemente nos toca reconocer que siempre fuimos parte activa de aquello que vivimos, y esta verdad puede resultar algo incómoda, porque implica que tenemos que hacernos cargo de lo que hemos creado.
Esto no significa culpabilizarnos por todo lo que nos sucede. Significa dejar de colocar permanentemente afuera la responsabilidad de nuestra experiencia. Incluso aquello que no nos gusta, nos invita a mirar qué estamos emanando, sosteniendo o repitiendo.
Pero hay un regalo hermoso en ese reconocimiento.
Cuando empezamos a percibir la Unidad dentro de nosotros, también podemos sentirla alrededor: una red que sostiene, conecta y contiene. Y esa sensación nos ayuda a aflojar las resistencias y tensiones que durante mucho tiempo parecían inseparables de nosotros. Porque descubrimos que no estamos solos.
La Unidad, entonces, no es solamente contención. También es responsabilidad.
Porque si somos parte de aquello que creamos, ya no podemos esperar que alguien venga a vivir nuestra vida por nosotros.
Por eso, la verdadera soberanía empieza ahí: cuando dejamos de luchar contra la experiencia para poder mirarla, asumirla y participar conscientemente en ella.
No porque finalmente hayamos llegado al centro.
Sino porque recordamos que nunca nos habíamos ido.
Marilín Zijlstra
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