Ser mujer en una sociedad productivista muchas veces parece una batalla destinada a perderse. No porque no sepamos cómo llevar adelante una vida -todo lo contrario- “Si nosotras paramos, se detiene el mundo”. Cuidar, limpiar, cocinar, criar, trabajar, estudiar, estar disponibles, vernos bien, ocuparnos de los demás, desarrollarnos profesionalmente y, si podemos, hacerlo todo sin pedir demasiado, sin molestar y demostrando que podemos solas mucho mejor.
Esta sensación femenina, se concreta en estadísticas; según datos del INDEC, las mujeres dedicamos 6 horas y 31 minutos diarios al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, el doble que los varones. A esto se suman barreras menos visibles: la distribución desigual de los cuidados limita nuestras posibilidades de crecimiento profesional y un techo sociocultural dificulta el acceso a puestos de máxima decisión, aun cuando somos mayoría entre quienes tienen estudios superiores. Muchas veces, para ocupar esos lugares, pareciera que debemos demostrar un plus: más formación, más experiencia, más preparación; como si tuviésemos que justificar una y otra vez que merecemos estar ahí.

Entonces aprendemos a desarrollar una habilidad extraordinaria: poder con todo y, además, hacerlo bien. Y muchas veces funciona… nos permite avanzar, resolver, cuidar, producir, sostener.
El problema aparece cuando esa capacidad deja de ser una herramienta y se convierte en una obligación: “yo tengo que poder”. La ilusión de sostener indefinidamente esa exigencia, es una trampa.
¿Y cómo impacta esto en nuestra salud psicológica?
A veces el cansancio se convierte en agotamiento. La concentración disminuye. Aparecen errores, irritabilidad, desmotivación, insomnio o la sensación de que ya no disfrutamos aquello que antes si…. Muchas personas llegan a terapia justamente por esto, sintiendo que algo en ellas está fallando.
¿Y si no fuera así? ¿Y si algunos de estos malestares fueran también señales protectoras? Una forma incómoda en la que nuestro cuerpo y nuestra mente nos dicen “esto ya no puedo sostenerlo de la misma manera”. Quizás el problema no sea que ya no podemos con todo…Quizás el problema sea que durante demasiado tiempo creímos que teníamos que poder. Hay culpas que sentimos como individuales, pero que tienen raíces sociales.

Y tal vez construir una vida más habitable no consiste en alcanzar una versión perfecta de nosotras mismas, sino en empezar a preguntarnos, qué estamos dispuestas a no seguir cargando y qué necesitamos empezar a compartir.
Por eso, quizás una parte de cuidarnos también sea dejar de cargar culpas que no nos corresponden y empezar a rodearnos de quienes ayudan a sostener la vida. Porque compartir las cargas las vuelve más livianas.
Pedir ayuda es una forma de autonomía y buscar espacios donde podamos ser acompañadas, sostenidas y escuchadas.
Significa que ya no, queremos tener que poder con todo solas.
Lic. Victoria Perez Roge
Psicóloga Clínica - MP. 15554
Ig @lic.vicupr
Contacto: 351-2095559
"Chiche" Duhalde habló sobre el tiroteo frente a la casa del ex presidente: "No fue un atentado"
Porto en 48 horas: qué ver, dónde comer y los lugares que vale la pena descubrir
Cashmere y denim: la combinación casual chic de Mora Calabrese, la esposa de Abel Pintos, para su día de campo