domingo 04 de octubre del 2026

No todo el mundo te va a creer. Eso no significa que no sea verdad

Desde su lugar de psicóloga y atravesada también por una experiencia personal, reflexiona sobre el abuso y sobre todo aquello que puede permanecer en silencio durante años: la vergüenza, la confusión, el miedo y la culpa. Y sobre la importancia de encontrar un espacio donde poder hablar, ser escuchado y acompañado sin juicios. Galería de fotosGalería de fotos

No todo el mundo te va a creer. Eso no significa que no sea verdad
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Desde que ejerzo como psicóloga, he escuchado situaciones de abuso, acoso y violación muchas más veces de las que quisiera que existieran.

No todo el mundo te va a creer. Eso no significa que no sea verdad

Hay un momento en el consultorio en el que sé que algo está por aparecer. Lo siento en el cuerpo: un dolor en el pecho, angustia, una pausa. Después llegan los ojos llenos de lágrimas y esa frase, casi siempre dicha con la voz entrecortada:

“Es la primera vez que voy a hablar de esto”.

Y mientras escucho, mi cuerpo reconoce ese dolor. Conozco algo que durante mucho tiempo yo tampoco pude nombrar.

Yo tenía apenas diez años. Ingenuamente iba a la casa de unas amigas vecinas a pasar la tarde. Allí vivía su abuelo.

Entre juegos y risas, un día vi que por debajo de su pantalón corto se asomaba su miembro. Entre la risa y la vergüenza, se lo comenté a mi hermana.

Era el mismo hombre que nos llamaba, nos hacía sentar en su falda y aprovechaba para tocarnos la espalda, “acariciándonos”.

Yo era una niña. No tenía las palabras para comprender lo que estaba pasando.

Pero algo en mí cambió.

Aparecieron pensamientos sexuales que para una niña de diez años eran demasiado. Una sensación de suciedad. Confusión. Preguntas que no sabía de dónde venían. Me sentía atravesada por algo que no podía nombrar ni entender.

Empecé a lavarme las manos sin parar. Mucho tiempo después, a través de la terapia, pude comprender que intentaba quitarme de encima un malestar que no sabía cómo expresar.

Durante mucho tiempo pensé que algo estaba mal en mí. Con los años entendí que era una niña intentando comprender algo para lo que no tenía herramientas.

La terapia no hizo que aquello no hubiera sucedido. Me permitió poner palabras donde durante mucho tiempo hubo confusión, comprender mis reacciones y volver a sentirme cerca de mí.

Y quizás también por eso elegí ser psicóloga. Porque frente a tanto dolor, yo tuve a alguien que pudo escuchar sin juzgar. Que no se sorprendía de lo que pensaba o sentía. Que creyó en mi dolor y me ayudó a entender qué me estaba pasando.

Quizás por eso, hoy, cuando alguien se sienta frente a mí y logra decir “me pasó…”, sé que detrás de esas dos palabras puede haber años de silencio.

Vergüenza. Miedo. Dudas.

Y también puede haber alguien que alguna vez le hizo creer que lo que había vivido no había sido tan grave, que quizás había sido su culpa o que no tenía derecho a hablar de ello.

No todo el mundo te va a creer. Eso no significa que no sea verdad.

Y puede aparecer también la pregunta más injusta de todas:

“¿Qué hice yo para que me pasara?”

No fue tu ropa. No fue tu forma de ser. No fue haber confiado. No fue haber aceptado ir.

Y si todavía te preguntás qué hiciste para que te sucediera, quiero decirte algo que ojalá alguien te hubiera dicho mucho antes:

No fue tu culpa. Nunca fue tu culpa.

Sé que hay heridas que dejan marcas. Algunas experiencias nos acompañan de distintas maneras durante mucho tiempo. Pero también sé, por mi propia historia y por las historias que escucho cada día, que una marca puede dejar de doler de la misma manera.

Que se puede volver a confiar.

Que se puede volver a habitar el propio cuerpo.

Que se puede hablar sin sentir vergüenza.

Y que para eso no tenemos que estar solos.

A veces el primer paso es encontrar ese lugar que yo alguna vez encontré: un espacio donde podamos decir, por primera vez, “esto me pasó”, y del otro lado haya alguien que no se asuste, no juzgue, no cuestione y pueda ayudarnos a entender qué nos está pasando.

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