En plena madurez artística, Luciano Pereyra sigue encontrando sentido en los valores que lo formaron desde chico. En una charla íntima con Héctor Maugeri para +CARAS, el cantante abrió el corazón y repasó su recorrido personal y profesional, atravesado por más de tres décadas de carrera, escenarios colmados y una conexión intacta con su público. Lejos de instalarse en la comodidad, volvió a poner el foco en la familia, el trabajo y la pasión entendida como un ejercicio diario, una ética que combina constancia, estudio y emoción genuina cada vez que pisa un escenario.
Desde esa mirada, Luciano entiende que el disfrute no está en tensión con la responsabilidad. Hacer lo que ama es, para él, profundamente divertido, pero eso no le quita seriedad al compromiso. Prepararse durante la semana, estudiar música, entrenar la voz y respetar cada instancia del oficio forman parte de una rutina que no negocia. La conciencia de que el público hace un esfuerzo enorme para ir a verlo lo mantiene atento, incluso cuando la experiencia podría invitar a relajarse.
Luciano Pereyra y la herencia del esfuerzo
Al hablar de sus orígenes, la emoción aparece sin filtros. Sus padres ocupan un lugar central en ese relato íntimo que explica mucho de quién es hoy. Los vio levantar su casa con trabajo real, colectivo, de barrio. Su papá llegaba de la fábrica o de pintar casas, su mamá ya lo esperaba con el cemento listo y, casi naturalmente, se sumaban vecinos que ayudaban. En ese gesto cotidiano aprendió que los sueños no son una idea abstracta, sino algo que se construye con dedicación y esfuerzo.
La música también fue una herencia compartida. Su padre le transmitió la pasión: cantar, sentir, animarse a jugar al artista desde chico, con una mesa o una cama como escenario improvisado. Su madre, en cambio, aportó la razón. Si la música gustaba, había que estudiar, tomar clases, dedicar horas a la guitarra, al piano y al canto. Esa combinación entre lo lúdico y lo riguroso terminó siendo, para Luciano, una enseñanza clave.
Luciano Pereyra y el orgullo intacto
Hoy, su papá sigue pintando casas y los fines de semana canta. Los sábados ofrece su show folklórico y los domingos se anima al mariachi. La gente lo reconoce, se saca fotos y le cuenta orgullosa que estuvo con “el papá de Luciano”. A él, lejos de incomodarlo, le encanta recibir esas imágenes. Su mamá, misionera de Santo Pipó, se emociona cada vez que lo ve arriba de un escenario, como si fuera la primera vez. Es su primer amor y su primera fan.
Con presentaciones en escenarios como el Movistar Arena, Luciano Pereyra siente que cada show es irrepetible. Siempre hay alguien que lo ve por primera vez, alguien que llega con ilusión intacta. Esa sorpresa constante, esa sensación de volver a empezar, es lo que todavía hoy lo conmueve y lo mantiene vivo arriba del escenario.
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