El paso del tiempo y la finitud suelen tratarse con distancia o temor, pero hay quienes logran mirar esos temas de frente y sin solemnidad. Diego Reinhold pasó por el ciclo Otro día perdido (eltrece) y mantuvo una charla con Mario Pergolini donde dejó de lado los anuncios promocionales para adentrarse en un terreno más íntimo. Entre anécdotas de su recorrido artístico y su labor solidaria, el humorista recordó un episodio límite de su niñez que marcó su manera de entender la existencia.
Diego Reinhold y el día que la corriente lo paró en seco
La charla fluyó hacia el pasado cuando el Diego Reinhold reflexionó sobre su forma de improvisar ante los imprevistos. En ese contexto, ante la consulta directa del conductor, reconoció que atravesó una situación cercana al fallecimiento cuando apenas era un niño. El hecho ocurrió el día en que cumplió once años.
Según relató, se acercó descalzo a abrir una heladera antigua en un ambiente con el piso húmedo. Una falla eléctrica convirtió al electrodoméstico en una trampa de la que no pudo desprenderse por sus propios medios. Ante la sorpresa en el estudio, su padre intervino a tiempo: lo tomó por la espalda y logró destrabarlo de un fuerte tirón. Sin embargo, el lapso en el que la corriente lo atravesó le dejó una marca indeleble en la memoria.
Lejos de dramatizar el recuerdo, el artista explicó cómo percibió aquel instante de inconsciencia. Ante la acotación de Pergolini sobre la poca biografía acumulada a esa edad, el humorista dio una definición contundente sobre cómo funciona la conciencia en esos estados límite: “Del otro lado no importa si es mucho o es poco. Yo lo vi todo en un segundo. Ese mismo segundo puede ser ochenta años o cinco, pero en el mismo instante. No es un tema de cantidad”.
Ese concepto dio pie para que el conductor notara la naturalidad con la que aborda la idea del final. Lejos de esquivar el tópico, el actor admitió que no le teme a lo inevitable y que la partida reciente de su padre reforzó esa perspectiva. “Tengo mucha curiosidad por lo que pasa del otro lado”, aseguró, al tiempo que definió a la muerte como un paso más dentro de un proceso lógico, casi como si se tratara de una gran simulación.
Finalmente, entre risas cómplices y reflexiones profundas, la charla demostró que la madurez también se nota en la manera en que cada uno se amiga con sus propias cicatrices. Con la templanza de quien entendió que los sobresaltos de la infancia y las pérdidas del camino configuran un aprendizaje único, Diego Reinhold eligió cambiar el peso de la tragedia por la ligereza del asombro, convirtiendo sus vivencias en una invitación luminosa a vivir el presente con curiosidad y sin miedo.
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