En una época en la que todo parece tener botón de “reiniciar”, Gabriel Rolón pone en duda esa idea tan instalada de que siempre hay vuelta atrás. Durante su paso por Perros de la Calle, el programa que conduce Andy Kusnetzoff en Urbana Play, el reconocido psicoanalista advirtió que algunos actos dejan marcas difíciles de borrar y que pedir perdón no siempre alcanza para arreglar lo que se rompió. Porque hay heridas que cambian para siempre la forma en que miramos a quien tenemos delante y, desde ese lugar, nada vuelve a ser igual.
Rolón plantea que una relación puede no terminar por falta de amor, sino por una grieta emocional que deja de cicatrizar. Algunas acciones, explica, modifican de manera definitiva la percepción del otro, incluso cuando hay arrepentimiento genuino. Y es que el cambio personal no garantiza que la otra persona quiera o pueda seguir apostando al vínculo. A veces, el quiebre pasa desapercibido y no se nota a simple vista. Ocurre en silencio, pero lo cambia todo.
Gabriel Rolón y el momento en que el daño cambia todo
El especialista también mencionó una diferencia necesaria: discutir es parte de cualquier vínculo afectivo, pero otra cosa muy distinta es acostumbrarse al destrato, la deslealtad o la humillación. Cuando esas dinámicas se vuelven habituales, sostener el vínculo deja de ser solo una elección amorosa y pasa a involucrar la responsabilidad de quien acepta quedarse en ese lugar. Tampoco todo final debería entenderse como un fracaso. Separarse duele, aun cuando sea la decisión más sana. Lo importante, subraya, es reconocer el momento en que el enojo deja de ser una reacción humana para convertirse en agresión. Ahí aparece una frontera clara entre una crisis aislada y una situación que empieza a erosionar el respeto.
Rolón es tajante al hablar de la violencia vincular y advierte que casi nunca aparece de golpe: suele crecer de forma progresiva, alimentada por pequeñas permisividades que se naturalizan. Una palabra dicha con desprecio, un gesto intimidante, un portazo o un objeto que se rompe pueden ser señales tempranas de una escalada que conviene no minimizar. Para el psicoanalista, la pareja no debería ser el territorio donde uno descarga sin filtro lo peor de sí mismo, sino el espacio que más cuidado requiere. La intimidad vuelve todo más sensible: cada palabra pesa más, cada reacción deja huella. Por eso, cuando la confianza se quiebra y surge la sensación de que el daño fue deliberado, ya no se trata de resolver un conflicto puntual, lo que entra en crisis es el vínculo entero.
Gabriel Rolón y el límite que conviene no cruzar
Lejos de hablar desde la culpa, Gabriel Rolón propone un ejercicio de conciencia. Reconocer cuándo una reacción puede lastimar demasiado, animarse a pedir ayuda si la propia forma de responder preocupa y, sobre todo, saber correrse a tiempo para no decir algo irreparable. Frenar antes de herir también es una forma de amor. La perfección no existe, pero el maltrato nunca debería justificarse en nombre del amor. En definitiva, hay gestos que no solo rompen una discusión: pueden romper la posibilidad misma de seguir confiando y, cuando la confianza se pierde, reconstruirla no siempre es opción.
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