Carmen Boedo es una casa de comidas con cinco o seis mesas en la vereda y otras pocas protegidas de la intemperie. Mesas con manteles de papel, pobladas por fieles que al entrar saludan a los dueños.
Así es Carmen Boedo, el resaurante oculto que rememora el cine y desafía la gastronomía tradicional
En un costado, un televisor proyecta —todos los días y con una programación ecléctica— clásicos del cine, porque el cocinero siempre soñó con trabajar en Cahiers du Cinéma y no en Noma.
La cocina ofrece dos posibilidades: un delivery atractivo que alimenta al barrio con los clásicos de siempre muy bien resueltos y una propuesta aventurera, canalla, donde soplan vientos de todos lados. Ambas conviven y, a veces, se solapan. Puede que un visitante conservador elija el delivery, mientras un vecino prefiera una opción más atrevida.
Todos los restaurantes tienen rasgos de estilo que los definen e identifican: platos abundantes, secuencias narrativas, carta breve, snacks, creatividad, trivialidades, picante, producto, piedritas en los platos, lujo o modestia franciscana.
Carmen no es una excepción y tiene un estilo que surge de un sincretismo en el que las lecturas, las recetas de sitios lejanos y poco conocidos y lo comido aquí o más allá se fusionan en un registro emocional, de contrastes y superposiciones.
Esa identidad se expresa en el uso desinhibido de los picantes, el cilantro, el maní, los fideos chinos, el pepino, los panes propios, los marinados y un chili oil casero que utilizan para bendecir los platos con una mano más pródiga que mezquina.
Las porciones y los sándwiches son XXL, mientras que las presentaciones son mínimas. No hay lienzos cubiertos con trazos de Pollock —como hace Dabiz Muñoz en Madrid— ni flores comestibles.
Hay sándwiches contundentes que mezclan proteínas con verdes, hierbas, refrescante pepino, quemazones y, muchas veces, quesos. Siempre hay sorpresas y clásicos que permanecen anclados en la carta: impresionante el de pollo frito con miel de jalapeño o el de ojo de bife con vinagreta de tomates secos y aceitunas.
Entre los platos suele haber un pisto manchego, que cocinan durante horas y acompañan con huevo frito —dos cuando el comensal puede demostrar que es único sostén de madre viuda—.
También ofrecen un salteado de lomo picante con akusay fermentado y pasta de porotos, junto a un curry de Hong Kong con pollo que podría formar parte de una película de Johnnie To.
No es una cocina ni un lugar apto para todos los públicos; pero si recuerda aquella escena de Mi vida es mi vida, en la que Jack Nicholson se rebela contra lo gastronómicamente impuesto, Carmen es su sitio.
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