viernes 13 de diciembre de 2019
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ACTUALIDAD | 24-01-2019 18:39

El embajador italiano, Giuseppe Manzo, abre las puertas del lujoso Palacio Alvear

El diplomático revela los secretos de la residencia italiana declarada Monumento Histórico por el presidente Mauricio Macri. Galería de fotos

En la esquina de la avenida Del Libertador y Billinghurst se erige el tradicional Palacio Alvear —declarado Monumento Histórico Nacional por el presidente Mauricio Macri, en noviembre pasado— que desde 1924 es la residencia oficial del embajador italiano. Giuseppe Manzo (51) celebra su primer año en ese cargo y recibió a CARAS junto a su esposa, Alma, y sus hijos, Leonardo (18) y Federico (11). Dicen que no existe mejor anfitrión que un italiano y este diplomático de 51 años, confirma la regla.

—¿Se siente a gusto en la Argentina?

—Desde el primer día la Argentina ha sido nuestra casa para mí y para mi familia. Todo y todos, en todas las provincias del país, tienen un vínculo con Italia. La Argentina es el país más italiano afuera de Italia con la comunidad más numerosa en el mundo. Hay más apellidos “Manzo” en la guía telefónica de Buenos Aires que en muchas ciudades italianas.

—La residencia de la embajada italiana ha sido declarada como Monumento Histórico Nacional… ¿Qué lo sorprendió de este edificio?

—La decisión y el honor recién otorgados me preocupó porque ahora con mi hijo tenemos que ser cuidados cuando jugamos al fútbol en el gran salón de la casa. Obviamente es una broma, pero lo que me encanta del edificio es que es una verdadera casa, un hogar, y tiene una historia muy particular que también fue una sorpresa para mí. A inicios de los años 20, el Conde Federico de Alvear (Federico como mi hijo menor) lo había diseñado personalmente en su estudio de París y embellecido con mobiliario y piezas únicas provenientes de Europa. Si bien algo contrariado por la decisión de los constructores de orientar al edificio en forma diagonal respecto a la Avenida Libertador, no tenía ninguna intención de renunciar a esa casa. Pero, como siempre, las decisiones más importantes las toman las mujeres. Así fue que la señora Felisa Ortiz Basualdo de Alvear a pocos meses de su construcción, en 1924, vendió el palacio, nuevo y flamante, al Embajador de Italia Luigi Aldrovandi Marescotti.

—¿Qué valor tiene más allá del arquitectónico?

—Es como un libro de la larga historia de amistad entre Italia y la Argentina. Un libro comunica, ilustra, preserva, transmite y actualiza significados y emociones. La misma función que desempeña desde hace casi cien años el Palacio Alvear ilustrando, preservando, transmitiendo y actualizando la singularidad de la presencia de Italia en la Argentina. Incontables han sido los eventos, las personalidades que, atravesando estos espacios, representaron a Italia y a la historia de nuestra amistad, cuando no contribuyeron también a escribirla como protagonistas de la misma historia de la Argentina. Las visitas de seis Presidentes italianos han marcado solemnemente esta historia, escribiendo las páginas más importantes y poniendo siempre en el centro el Palacio Alvear. La magia de la poesía, del cine y de la música ha vibrado en sus salas, que han hospedado a los artistas más ilustres de los dos países como Pasolini, De Sica, Benigni, Mastroianni, Ernesto Sábato y Astor Piazzolla.

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—¿Qué lugares de la Argentina ha visitado y cuáles lo sorprendieron?

—No creo que haya muchos lugares que tengan tan gran variedad en la naturaleza como la tiene este lindísimo país. Deseo viajar y conocer lo más posible también para fomentar una colaboración directa entre inversores italianos y cada una de las provincias argentinas a través de “Italia en 24”, un programa lanzado por la Embajada y recién reconocido de interés especial por nuestros Gobiernos en ocasión de la reunión entre el Presidente Mauricio Macri y el Premier Giuseppe Conte. Ya visité Córdoba, “la docta”, donde la presencia histórica de la colectividad italiana ha contribuido y sigue contribuyendo al desarrollo de una ciudad donde ahora yo podría estar tomando un fernet en un bar y ver Fiat por las calles alrededor de plaza Italia... Fui a la italianísima Rosario y a Mendoza para firmar un acuerdo para un centro de estudios de posgrado italo-argentino y por supuesto para una buena copa de Malbec. Con mi familia visité Iguazú, simplemente un milagro de la naturaleza, y vimos las ballenas y los pingüinos en Puerto Madryn. Y ya puedo darles algunas sugerencias turísticas: si van a Bariloche no dejen de visitar a Conrado y Beatriz, dos compatriotas que en una casa con una vista espectacular frente al lago Nahuel Huapi se dedican a fabricar muñecas y relojes.

—¿Cómo está compuesta su familia?

—Mi esposa, Alma, y mis dos hijos. Leonardo, de 18, y Federico, de 11. Desde hace unos meses Leonardo vive muy lejos, porque empezó la Universidad, en la “New York University” en Abu Dhabi. Desde entonces, como Federico no tenía a nadie con quién pelearse, hay un nuevo integrante de la familia. Se llama Yugo, un labrador chocolate de dos meses que no deja de correr por todo el palacio en el que hay muchos lugares en los que un perrito puede esconderse…

—¿Cuándo se casó y a qué se dedica su esposa?

—El año que viene celebramos 20 años de casados. En todo este tiempo Alma ha adaptado sus actividades profesionales a las diferentes realidades donde hemos vivido: en Washington enseñando italiano y como periodista, y en Nueva York, a cargo de programas vinculados a Naciones Unidas…

—¿Sus hijos siguen sus pasos en la carrera diplomática?

—Ambos están muy interesados en las cosas del mundo y acostumbrados a escuchar conversaciones sobre temas propios de mi trabajo. Leonardo estudia Ciencias Políticas y Derecho y Federico a veces habla de que le gusta el periodismo y la escritura. Pero si uno les pregunta qué quieren hacer, la respuesta es una para ambos: ¡jugar a fútbol!

—¿Cómo se lleva con la vida nómade del diplomático?

—En 25 años de carrera en tantos países he obligado a Alma, a Leonardo y a Federico a una vida digamos “movida”, con muy largos períodos fuera de Italia. Diversas escuelas y trabajos, diversos idiomas y diversas culturas. Todo eso nos hizo aún más unidos, a pesar de que ahora uno de nosotros está a 15.000 kilómetros de distancia. Por eso aprovechamos toda posible ocasión para conectarnos y lo hacemos gracias también a las fuertes raíces italianas que hemos mantenido en cualquier lugar donde vivimos para tener siempre la sensación de estar en casa. Y al respecto creo que no existe en el mundo mejor lugar que la Argentina para seguir sintiéndose en casa, nuestro segundo hogar.

—¿Dónde le gustaría residir el día que finalice su trajinar diplomático?

—El concepto “quedarse en un lugar” no pertenece a mi familia. Siempre hemos viajado y siempre estaremos viajando por el mundo; juntos, en pareja, solos, por nuestro trabajo, para visitar a los hijos que crecen, para conocer nuevas culturas... Pero nuestro lugar del corazón, el lugar donde siempre Alma, Leonardo, Federico y yo pasamos unas semanas cada verano, es Anacapri, un pequeño pueblo en la isla de Capri. Allí está nuestra memoria como familia. Y, como decía Borges, la memoria es nuestro Edén interior.

M. DUBINI/PERFIL

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