Cuando estamos frente a un otro (persona o animal) que nos conmueve damos por adquirido el afecto y nos mostramos expresivos frente al otro yendo al encuentro. Eso puede resultar amenazante para el caballo.
Nos ocurre porque nuestra forma de comportarnos es similar al del predador. Un animal que aprendió a cazar para llevar la comida a sus cachorros. Va al encuentro y puede estar varios días hasta que la alcanza.
En cambio el caballo es presa. El caballo se asegura en número. La pertenencia a un grupo es de suma vitalidad y la comida está a su servicio.

El caballo vive en un código distinto. Para ellos, la verdadera conexión no nace del contacto físico continuo, sino de habitar su espacio con respeto y coherencia emocional.
Si quieres que un caballo realmente te abra su mundo, esperá para ir al encuentro y comenzá a permanecer a su lado. Así firmaras parte de su manada y generarás vínculo.
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