La estética no se reduce a la belleza, como creen algunas personas que califican de superficiales o frívolas a quienes, por ejemplo, deciden realizarse una cirugía estética. Reducirla a una cuestión banal es desconocer su dimensión más profunda: la estética está arraigada en la identidad.
Es una forma de expresión, un lenguaje silencioso que habla de quién es cada uno. A través de las formas, los colores, los estilos y hasta los estados de ánimo que elegimos mostrar, narramos algo de nuestra historia personal. No se trata solamente de agradar a otros, sino de una elección que dialoga con la autoestima, el amor propio y la coherencia interna con ese “yo soy” que nos define.

La manera en que alguien decide vestirse, peinarse o intervenir su cuerpo puede ser una afirmación de sí misma. Es un acto de autodefinición. Cuando la estética surge de una elección consciente, se transforma en una experiencia de autenticidad: me veo, me reconozco y me gusto. En ese punto, la imagen externa y el mundo interno encuentran un equilibrio.
Particularmente en la mujer —cuyo cuerpo ha sido históricamente cosificado, apropiado por la cultura, el consumismo y el machismo— elegir su propia estética puede convertirse en un gesto de autonomía. Mostrar(se) desde un lugar elegido y no impuesto es una forma de ejercer poder personal. También es una fuente legítima de placer: el placer de mirarse y sentirse cómoda en la propia piel.
La estética, entonces, no es solo apariencia; es cuidado personal, aceptación y autovalidación. Es coherencia entre lo que se siente y lo que se muestra. Cuando esa coherencia existe, la imagen no oprime: acompaña.

El conflicto aparece cuando la estética deja de ser elección y se transforma en exigencia. Cuando la presión interna o externa —la mirada social, el mandato laboral, los ideales impuestos— obliga a mostrarse de un modo que no representa lo que verdaderamente se desea. Allí surge la contradicción: el cuerpo comunica algo que el interior no avala.
Cuando hay contradicción sostenida, hay malestar. Y si ese malestar persiste, puede ser oportuno detenerse, revisar qué deseo es propio y cuál responde a una expectativa ajena. Recuperar la estética como identidad implica recuperar la libertad de elegir cómo queremos habitar y mostrar nuestro cuerpo en el mundo.
Licenciada Adriana Balduzzi
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