Estamos atravesando una gran fragilidad social. Una de las principales dificultades de la actualidad es poder vincularnos, sostener vínculos y que sean saludables. Surge entonces la pregunta: ¿por qué cuesta tanto vincularnos? ¿Por qué resulta tan difícil compartir con otro y sostener ese vínculo en el tiempo? ¿Por qué es tan complejo construir relaciones sanas?
Hoy, vincularse muchas veces se vive como una crisis, como un malestar que atraviesa a personas de todas las edades.
Desde la psicología se remarca la importancia de la socialización y de construir vínculos familiares, de amistad, laborales, sexoafectivos, entre otros. Contar con espacios para socializar y establecer vínculos significativos es una condición necesaria para el cuidado de la salud mental.

Ahora bien, ¿qué es un vínculo? Es una conexión emocional y bidireccional entre personas que influye en el comportamiento y en el desarrollo de quienes lo conforman. A diferencia de una simple relación, un vínculo implica una transformación mutua: ambos individuos se modifican, crecen y aprenden del otro a partir de un intercambio sostenido en el tiempo.
Esta conexión permite conocer al otro, pero, sobre todo, conocerse a uno mismo. Gran parte de nuestra personalidad se despliega en el encuentro con los demás. Un vínculo también constituye un espacio donde la persona puede expresar sus emociones, desarrollar su forma de relacionarse y crecer.
Existen vínculos funcionales o saludables y vínculos disfuncionales o patológicos, conocidos popularmente como "tóxicos". Los vínculos sanos favorecen el crecimiento personal, la autonomía, la confianza y la comunicación. En cambio, un vínculo disfuncional genera dolor, estancamiento, dependencia, rigidez en los roles y manipulación.

Es esperable que aparezcan expectativas, temores, dudas e incertidumbre cuando comenzamos a conocer a alguien y a construir un vínculo. Esto ocurre porque implica el desafío de crear una relación saludable y, al mismo tiempo, el temor de que pueda transformarse en una relación patológica. Por eso muchas veces cuesta iniciar un vínculo, construirlo y sostenerlo.
El verdadero desafío consiste en construir vínculos sanos, basados en una comunicación permanente y asertiva, en el establecimiento de límites emocionales y físicos, en una adecuada gestión de los conflictos, en el autoconocimiento y en el respeto mutuo.
La forma en que nos relacionamos con los demás no aparece de un día para otro; se construye desde los primeros años de vida, a partir de las experiencias que tuvimos con nuestros cuidadores. Si bien estas experiencias influyen en nuestra manera de vincularnos en el futuro, no la determinan. Esto significa que siempre es posible revisar, repensar y transformar nuestra forma de relacionarnos. La manera en que aprendiste a vincularte puede modificarse, porque siempre existe la posibilidad de reconstruir tu propia historia.
Lic. en Psicología Florencia Narváez
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