Hay migraciones que no requieren pasaporte ni valijas. Son las que atraviesan los padres cuando un hijo decide construir su vida lejos. Cuando un hijo migra, el aeropuerto marca dos despedidas: la de quien parte y la de quienes regresan a una casa que ya no vuelve a sentirse igual. Una despedida que los obliga a reconstruir rutinas, vínculos y proyectos en medio de la distancia.
No hacen valijas, no cambian de idioma ni cruzan fronteras. Pero también deben aprender a habitar un mundo diferente. Cambian los tiempos de encuentro. Aparecen las diferencias horarias, las videollamadas programadas y los cumpleaños a la distancia.
En este proceso emerge uno de los aspectos más complejos de la migración familiar: la convivencia de emociones contradictorias. Se puede sentir orgullo y tristeza al mismo tiempo. Alegría por los logros de un hijo y dolor por su ausencia. Desear que alcance sus sueños y, a la vez, extrañar cada día su presencia.

Desde la psicología migratoria sabemos que esto forma parte del llamado duelo migratorio. Un duelo particular porque no surge de la muerte, sino de la pérdida de la cercanía, la cotidianeidad y una forma de vínculo que ya no volverá a ser igual.
Lo que duele no es el amor. Lo que duele es la distancia. Y muchas veces ese dolor permanece en silencio.
Algunos padres evitan expresar cuánto extrañan para no generar culpa en sus hijos. Otros sienten que, como la migración fue una decisión positiva, no tienen derecho a estar tristes. Sin embargo, reconocer el dolor no significa cuestionar esa decisión. Significa aceptar que toda migración trae oportunidades, pero también pérdidas.
Con el tiempo, muchos descubren que no solo su hijo está construyendo una nueva identidad en otro país. Ellos también deben reinventarse. Aprender nuevas formas de vincularse, reorganizar rutinas y encontrar maneras distintas de estar presentes.
Porque amar también implica permitir que el otro despliegue sus alas, incluso cuando eso signifique aprender a convivir con la ausencia.

La distancia transforma los vínculos, pero no necesariamente los debilita. Muchas familias encuentran nuevas formas de comunicarse, expresar afecto y valorar cada encuentro. El desafío no es dejar de extrañar; es que la distancia no impida que el amor siga encontrando caminos para manifestarse.
Quizás una de las tareas emocionales más difíciles sea comprender que acompañar no siempre significa estar cerca. A veces acompañar es confiar. Es sostener. Es celebrar desde lejos. Es seguir estando, aun cuando ya no sea posible compartir el abrazo cotidiano. Migrar también implica desafíos emocionales que no deben afrontarse solos. Pedir ayuda profesional es una forma de cuidado.
Lic. Susana De Francesco
Mail: [email protected]
WhatsApp de contacto +542983642094
Instagram: lic.susanadefrancesco
Novaresio enfrentó a Sturzenegger por el proyecto para liberar el precio de los libros
Soap nails, jelly nails o milk nails: cuáles son las diferencias entre las manicuras del momento
Valeria Mazza marca tendencia con su look total pink: vestido largo, volados y joyería minimalista