Vivimos en una época donde casi todo sucede rápido. Los mensajes llegan al instante, las respuestas se esperan de inmediato y la demora suele vivirse como algo molesto. La lógica de la inmediatez atraviesa la vida cotidiana y también los modos de sostener vínculos.
Hoy cuesta esperar. Cuesta sostener la incertidumbre, tolerar los silencios o habitar aquello que todavía no tiene una definición clara. Muchas veces aparece la necesidad de resolver todo enseguida: qué siente el otro, hacia dónde va un vínculo, cuánto interés hay o qué lugar se ocupa.
¿Y qué pasa cuando no hay respuestas inmediatas?
Desde el psicoanálisis, el deseo no tiene que ver con obtener todo de manera instantánea.
Por el contrario, el deseo necesita tiempo. Necesita falta, distancia y cierta espera para poder construirse. Cuando todo intenta satisfacerse de inmediato, algo de esa dimensión también se pierde.
En una cultura donde predominan la inmediatez y la rapidez, muchas cuestiones —como el dolor, las pérdidas o los vínculos— quedan atrapadas en la urgencia. Se busca evitar la incomodidad, acortar procesos y llenar vacíos constantemente. Pero no todo puede resolverse de forma automática. Hay experiencias que requieren tiempo para ser comprendidas, atravesadas y elaboradas.
Tal vez allí mismo se juegue algo importante. Porque esperar no siempre es quedarse quieto. A veces también es poder sostener una pregunta, tolerar cierta incertidumbre y darle tiempo a algo para que tome forma.
Quizás una de las dificultades más características de esta época sea justamente esa: sostener lo que no llega de inmediato.
Sin embargo, en un mundo que empuja constantemente a acelerar, recuperar cierta tolerancia a la espera puede ser también una forma de recuperar profundidad en los vínculos, en las experiencias y en el propio deseo. Porque ir en contra de los tiempos subjetivos muchas veces implica arrasar con el tiempo de vida de cada uno.
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