En 1962, el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina de Isabel II, visitaba la Argentina por algunos negocios. La guerra de Malvinas todavía no había dañado las relaciones bilaterales entre Gran Bretaña y la Argentina. Y la corona junto al Parlamento, decidió apoyar al gobierno de Arturo Frondizi.
En medio de una posible revuelta militar, los referentes de la política decidieron proteger al Príncipe en una estancia y fomentar su deporte favorito, el polo. La Concepción, en Lobos, el campo de la familia Blaquier, fue el lugar elegido para preservarlo durante su estadía en Buenos Aires. Por eso, el 27 de marzo, dos días antes del golpe, decidieron llevarlo al establecimiento con comodidades dignas de un miembro de la Familia Real, a 150 kilómetros de Capital Federal.

Fue ese finde semana, en donde Felipe conoció a la bellísima y sumamente elegante, Malena Nelson, viuda de Blaquier y dueña de casa. "Felipe compartió la granja con mis hijos y yo, además del matrimonio que nos cuida. Era muy simpático, un hombre muy gracioso, atento, tranquilo...", recordó Malena en una entrevista.
Entonces, no sólo impresionó con sus encantos, sino que también lo dejó impactado por la innumerable cantidad de caballos que poseía. Parece que la empresaria agroganadera, de cincuenta años, llamó mucho más la atención de su alteza real. Fue allí, que se despertó el mito de que Felipe y la mujer vivieron un romance súper apasionado.
Malena Blaquier era hija de Julia Hunter Soler y Juan Manuel Nelson. Su fortuna provenía de la Farmacia Nelson, de Florida y Diagonal Norte. Con 20 años, en 1937, se había casado con Silvestre Blaquier Oromi, hijo de una de las dinastías más ricas de la Argentina.

La empresaria fue madre de nueve herederos: Mercedes, Juan José, Magdalena, Dolores, María Teresa, Agustina, Eduardo, Marina y Julia Elena. Con tan sólo, 42 años un tifón destruyó el avión Beechecraft que llevaba a Silvestre por el mar Caribe, y ella enviudó.
Con gran carácter e inteligencia, la mujer se hizo cargo de la estancia familiar y sacó adelante el negocio. Lo hizo con la misma decisión con la que vivió un affaire con el esposo de la reina de Inglaterra. “Es un disparate. Felipe de Edimburgo vino a la estancia por el polo y yo siempre fui a Windsor por el mismo motivo”, contestó alguna vez sobre los rumores.
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