El restaurant de Mónica Cahen D'Anvers y César Mascetti en San Pedro no se explica desde el diseño, sino desde el uso: un espacio construido a partir de su vida en el campo y su manera de cocinar. Tras la muerte de César en 2022, ese proyecto no se detuvo, sino que siguió funcionando bajo la misma lógica. Desde afuera ya se entiende esa idea, con una arquitectura baja, de líneas simples y una galería que se abre al campo, pero es adentro donde todo termina de tomar forma, en un ambiente que combina madera y una escala que invita quedarse.
Mónica y César: un interior que retoma la lógica del campo
El salón principal se organiza con mesas largas de madera, vajilla blanca simple y una disposición que prioriza lo compartido. Las sillas de madera con asiento de paja tejida refuerzan ese carácter rústico, un recurso muy ligado a la tradición criolla, donde lo importante es la funcionalidad y la ventilación más que el diseño como objeto. Las ventanas, amplias y bien ubicadas, dejan entrar luz constante y enmarcan el verde exterior, evitando cualquier sensación de encierro.
Los materiales acompañan esa lógica sin desentonar: madera en paredes y mobiliario, chapa en los techos y luminarias colgantes de impronta industrial. Las paredes, en un tono rojizo anaranjado, remiten directamente a la tradición rural argentina, sobre todo a las casas de campo pampeanas y del litoral, donde se usaban pigmentos naturales, óxidos y tierras para construir una paleta cálida y duradera. Ese color no es decorativo, sino estructural en la identidad del espacio. En algunos sectores, los boxes arman áreas más resguardadas sin cortar la continuidad.
Mónica y César: una cocina que se traduce en el espacio
La propuesta gastronómica sigue esa misma línea, con un menú fijo que ordena la experiencia sin complicarla, ofreciendo opciones de parrilla, cocina de estación, alternativas vegetarianas, veganas y sin TACC. Más allá de la carta, lo que define al lugar es el origen de los productos, porque las verduras salen de la huerta, se cosechan, se lavan y se cocinan ahí mismo, sin intermediarios ni conservantes, lo que se traduce en una cocina criolla, directa y sin artificios. Esa lógica también aparece en el almacén, que retoma el espíritu de los viejos ramos generales y donde se venden dulces, frutas, alfajores y productos elaborados en el propio predio.
La galería funciona como un espacio clave en todo este sistema, no solo como circulación sino como lugar de permanencia, donde la gente se queda, come o simplemente se mueve entre interior y exterior sin cortes. Esa transición constante es parte de la experiencia y está pensada para que el visitante pase el día en el lugar, en un plan de día de campo, sin apuro. Todo está armado para eso: desde la escala de los espacios hasta la forma en que se organizan los usos. En uno de los rincones aparece una perlita inesperada: un piano antiguo, que refuerza ese clima entre lo casero y lo compartido.
En conjunto, el restaurant funciona como una síntesis bastante clara de lo que fue el proyecto de Mónica y César, donde cada decisión,desde los materiales hasta el menú, responde a una misma idea de fondo. Es una coherencia que se sostiene en el tiempo y que, tras la muerte de César en 2022, sigue completamente vigente bajo la continuidad de Mónica.
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