La Casa Real española atraviesa días días de retiro tras la muerte de Irene de Grecia, la hermana menor de la reina emérita Sofía y su compañera de vida durante más de cinco décadas. Lejos de los actos oficiales y de los gestos públicos, la despedida fue íntima, silenciosa y profundamente emotiva, marcada por la presencia constante de Sofía junto a quien fue su mayor sostén afectivo.
La princesa Irene, de 83 años, atravesaba desde hacía tiempo un delicado estado de salud vinculado a un deterioro cognitivo que se había intensificado en los últimos meses. Esa situación la mantuvo alejada de la vida pública y bajo cuidados permanentes en el Palacio de la Zarzuela, donde convivía con su hermana desde hacía años. Allí, en ese espacio cargado de historia personal, transcurrieron también sus últimos días.
La reina Sofía y la decisión de quedarse a su lado hasta el final
Frente al agravamiento del cuadro, la reina Sofía tomó una decisión tan simple como contundente: suspender toda su agenda institucional para acompañar a Irene sin interrupciones. No hubo apariciones, ni compromisos, ni aparatos protocolares. Sólo la elección de estar presente, de sostener la mano de su hermana en el tramo más frágil del camino.
Según trascendió en la prensa, Sofía incluso pidió que se instalara una cama junto a la de Irene para no separarse de ella durante la noche. Un gesto mínimo, pero cargado de significado, que habla de una relación marcada por la cercanía cotidiana, la complicidad y un afecto que se mantuvo intacto pese al paso del tiempo y las exigencias del rol real.
Las jornadas transcurrían entre visitas médicas, cuidados constantes y silencios compartidos. En ese clima, la reina emérita eligió priorizar lo esencial: la presencia, el acompañamiento, la calma de saberse juntas. Para Sofía, no se trataba de una obligación, sino de una forma de devolver todo lo recibido a lo largo de una vida compartida.
La reina Sofía, una despedida sin pompa y con profundo contenido emocional
La muerte de Irene se produjo en la mañana del 15 de enero, en el mismo palacio que fue su hogar durante tantos años. No hubo comunicados extensos ni ceremonias públicas inmediatas. La despedida fue, como había sido el proceso final, reservada y respetuosa, coherente con el perfil bajo que siempre caracterizó a la princesa.
Irene de Grecia eligió una vida lejos de los flashes y cerca de su familia. Nunca se casó ni formó su propio núcleo, y dedicó gran parte de su existencia a acompañar a su hermana, primero en Grecia y luego en España. Ese lazo, forjado desde la infancia, se mantuvo firme incluso en los momentos más complejos de la historia reciente de la monarquía.
Hoy, la reina Sofía enfrenta el duelo desde la misma discreción con la que vivió este último tramo junto a Irene. Una despedida sin exceso de formalidades, sostenida por la ternura y el respeto, que deja al descubierto que, incluso en las familias reales, los vínculos más profundos se viven en silencio, lejos de las cámaras, en la intimidad del amor de hermanas.
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