A los 87 años, Víctor Laplace atraviesa una etapa de serenidad que no siempre se permitió. Con una carrera marcada por grandes personajes, compromisos artísticos y una vida pública intensa, hoy se da gustos simples: nadar, jugar al tenis, compartir tiempo con amigos y, sobre todo, habitar el presente con una calma que antes parecía lejana. “Me gusta el descanso”, confesó en +CARAS, mientras recuerdaba a compañeros de ruta que ya no están, como Federico Luppi, Ugarte y Ulises Dumont, presencias fundamentales de una generación que dejó una huella profunda en el cine y el teatro argentino.
Reconocido por su impronta intensa y por haber interpretado figuras históricas como Juan Domingo Perón en más de una oportunidad, Laplace construyó una trayectoria sólida, siempre ligada a un cine de fuerte contenido político y social. Desde La Patagonia rebelde hasta Eva Perón, pasando por Puerta de hierro y una extensa labor teatral, su carrera estuvo atravesada por el compromiso y por una búsqueda estética propia.
Víctor Laplace y el paso del tiempo
Esa misma mirada es la que hoy lo lleva a reflexionar sobre la finitud con una lucidez conmovedora: “El cuerpo es sabio —dijo—, cuando nacemos llega de una manera determinada, después le vamos agregando cosas… y cuando nos vamos, deberíamos volver a ese estado, con el alma y la energía”. Lejos del dramatismo, habla del tiempo como un proceso natural, que se atraviesa mejor con tranquilidad y aceptación.
En ese tránsito aparece un deseo que lo emociona especialmente: volver al lugar donde empezó todo. “Amo Tandil, amo mi familia, amé hacerme una casa en Tandil”, contó. Allí imagina también su última película, con una escena que mezcla humor, mística y amigos de toda la vida: él, sentado bajo el alero de chapa, una botella de whisky, un monitor y la voz que anuncia “Cámara, acción”, mientras desde las sierras bajan sus afectos cantando.
Víctor Laplace y el amor por su familia
Laplace tiene una idea clara sobre su propio final: “Con una gran sonrisa y agradecimiento. No se pasa por esta vida al cohete”. Lejos de pensar en una nueva pareja, su presente afectivo tiene otros protagonistas: sus nietas. Aurora, que escribe, y la pequeña Camelia, de apenas dos años, ocupan hoy un lugar central en su vida. “Son mi para qué”, dijo en +CARAS con emoción.
Ser abuelo lo ubicó en un territorio que no sabía que existía, distinto incluso del amor por su hijo Damián, a quien define sin vueltas: “Fue todo”. Entre recuerdos, proyectos imaginados y afectos concretos, Víctor Laplace atraviesa esta etapa con la serenidad de quien ya dijo mucho, hizo mucho y, aun así, sigue agradecido. Y en ese mapa íntimo, Tandil no es solo un lugar: es origen, refugio y, quizás, destino final.
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